Yayoi Kusama: los círculos de la locura

En Artículos por Susan Crowley

Mi deseo era predecir y estimar la infinitud de nuestro vasto universo con una acumulación de unidades en red, un negativo de puntos. Cuán profundo es el misterio de la infinitud en el cosmos. Percibiendo ese infinito quería ver mi propia vida. Mi vida, un punto, es decir, una partícula entre millones de partículas. Fue en 1959, cuando presenté un manifiesto en el que declaraba que mi arte me borraba y borraba a los otros con el vacío de una red tejida con una acumulación astronómica de puntos”.

Para la ciencia, el big bang es el inicio de la conformación del universo en el que todo está por ocurrir y que, probablemente, dibuja la totalidad en potencia. Si pudiéramos imaginar ese espacio, tal vez veríamos una serie de puntos que en su desplazamiento, nos llevarían al principio del orden, puntos que al abrirse serían ondas; a lo lejos, lunares que nunca dejan de jugar, que se abren en infinitas posibilidades, que se disfrazan de colores, tamaños, se desprenden y viajan casi imperceptibles. Para nosotros lectores tener una representación de este espacio, sería necesario que acudiéramos a la imaginación. Por un momento habitar el vacío y formar parte de ese minúsculo terreno en el que todo flota, flotan los sueños y los mitos, las sensaciones reprimidas, la infancia y el canto de las sirenas, flotan los arquetipos y flotan las ideas, flotan también las ilusiones y flotan los recuerdos. Inicio eterno que en su circularidad permite que todo exista. Asumiendo que hubiéramos penetrado a esta dimensión, descubriríamos que todo aquello que, en apariencia baila en una danza sin fin y sin control, en realidad se mece suspendido en círculos concéntricos: lunares en infinita intersección que parecen escapar para propiciar el caos pero, pronto, vuelven a su órbita y se ordenan. Contrapunto que suena a improvisación, finalmente, concatenación de un mundo de elementos que juegan y caen en su sitio. Si pudiéramos tomar alguna de las imágenes que aparecen a cada instante, sumaríamos infinitas posibilidades; en cada imagen, habría una sensación inédita, cada una diferente, todas en la misma dimensión: Círculo que se multiplica en millones de lunares que entran y salen del punto a una velocidad vertiginosa, imagen que nos seduce en su inacabable juego.

Para fortuna o desgracia, muchos artistas tienen el don de penetrar estos espacios y habitarlos. Así los habitó Chagall con sus imágenes bailando en la absoluta ingravidez; así, en el pasmo final de su vida, Kandinsky, olvidando el punto y la línea, los sustituyó por esferas que retaban las leyes de la física y sucumbían a la intuición; así, el mundo de las imágenes provocó a Soulages para que cada punto en el océano de su obra, se vistiera de negro, de negro e infinito; infinito que no deja de viajar, y que busca víctimas para inocularlas. Toque de gracia o maldición, deviene acto absurdo, padecimiento, síntoma de locura e irremediable destino; vida trágica cuyo único sentido es ser artista. Finalmente obtiene otra víctima: Yayoi Kusama.

“Todos los artistas que son sinceros, son psicológicamente conflictivos. Si uno piensa en Munch y Van Gogh, por ejemplo, está clarísimo. Yo no soy una excepción. Ese tipo de artistas, entre los que me incluyo, padecen por la creación artística y sufren tanto psicológica como económicamente”.

Entendiendo que así es la vida de ciertos artistas, esta “loca” que, sin explicación alguna, vive un retiro voluntario dentro una clínica psiquiátrica desde 1977, se empeña en penetrar el espacio inescrutable y lo plasma como una obsesión en sus lienzos, contaminando a cada uno de sus espectadores. La locura de Yayoi se contiene cuando logra mostrar al mundo sus infinitos en movimiento puro, eterno.

“Me gusta dar toda mi energía en crear arte lo más que pueda. Después de desayunar, vengo a mi estudio y empiezo a trabajar. Lo más importante para mí es producir obras de arte”.

Yayoi cumple con su destino de artista y llena de círculos enloquecidos el corpus de su obra; nos hace olvidar el mundo de afuera, el de las líneas rectas y las convenciones, eleva nuestra condición para liberarnos de prejuicios y mostrar una danza antigua, la del ritual que invoca, la que nos libera de toda atadura para sumergirnos en el color, en la forma, en el ritmo, en la mente de la artista.

Pero Kusama debió recorrer un largo camino para llegar a aquilatar y poder descifrar las visiones que nos brinda; desde el Japón milenario que jamás permitió a una mujer ser artista, el mismo que fue destruido por una energía muy parecida a la del arte, en este caso, atómica. Yayoi también transitó por los locos movimientos estudiantiles, los Beatles y la experimentación con ácidos. Como tantos jóvenes de la época, se abstrajo para no ser destruida por la guerra y la doble moral norteamericana. Todo esto puede verse en su obra:

“[En los sesenta] Había todo tipo de artistas. La guerra de Vietnam y otros temas sociales de la época ocuparon las mentes de la gente, la mía incluida, se convirtieron en una manifestación de energía creativa en toda la ciudad. Fue algo que marcó el resto de la historia del arte”.

El ritmo de la guerra, el color de la muerte, la forma del dolor, esto también atañe a la artista que prefiere seguir ejecutando una danza desenfrenada, la danza de la genialidad que no es como cualquiera. Poderosa Kusama que con gran lucidez y como un acto voluntario, busca que las musas la posean para hablar en enigmas, sonoridades del universo incomprensibles; destellos de luz que llenan el espacio para recordarnos un juego de miradas: Yayoi fija la vista, se oculta en su peluca roja y se cubre con lunares, ¿provocación?, ¿disfraz en el que quedamos atrapados?, ¿qué oculta Yayoi?.

Tal vez son los recuerdos de una infancia llena de alucinaciones visuales y auditivas. El arte la ayuda a ordenar, tal vez se vuelve un intento de escapar del haber nacido mujer, probablemente en esos lunares trata de evadir el destino trágico al descubrirse artista. Lunares que evocan la infinita pequeñez del país que la vio nacer: “Para un arte como el mío –arte que combate en la frontera entre la vida y la muerte y que cuestiona lo que somos y lo que significa vivir y morir– [Japón] resultaba demasiado pequeño, demasiado servil, demasiado feudal y demasiado desdeñoso con las mujeres. Mi arte necesitaba una libertad más ilimitada y un mundo más amplio”.

Los mismos lunares le sirvieron para señalar el camino y llegar a Nueva York, convertirse en parte central del movimiento psicodélico, relacionarse con la más alta esfera del Pop. “En aquella sociedad caótica de Nueva York, llena de jóvenes beatniks y hippies, los artistas luchábamos para sobrevivir con el objetivo de construir un mundo nuevo. Mis obras estaban inmersas en esas tendencias artísticas como el minimal y pop, entre otros. Tuvieron un apoyo entusiasta de la sociedad de aquellos días y fueron pioneras en la escena artística de Nueva York”. Siempre en forma de lunares, lunares de mil maneras contados y Yayoi como centro de todo: instalaciones de espejos, albercas llenas de globos rojos, juguetes, dibujos, pinturas, collages, esculturas e intervenciones en espacios públicos y performances. Lunares que también fueron robados de la pureza del espacio artístico para relacionarse con marcas de moda y, peligrosamente, banalizar toda la obra de la artista. Kusama también supo huir de esa falsa ilusión que crea la publicidad, de la frivolidad y de los mercados, de todo eso que hoy llamamos meinstream del arte; huye también de quienes, hoy, se han postrado delante de su obra. A pesar de que sus piezas invaden espacios públicos, ferias y son obra clave en las subastas importantes, nada le impide regresar a su único refugio: la locura de la genialidad. Universo privado en el que, poco a poco, va curando sensaciones, obsesiones: “considero mi visión de la vida desgraciada y reflejo esos pensamientos en mi arte. Para sobreponerme a la enfermedad, he reflexionado sobre mi situación psicológica. Por medio del arte, he superado mi infelicidad”.

Cuidada por un equipo de psiquiatras y enfermeros, recupera su universo de puntos, busca señales, atrapa ideas que nos permitirán visitarla en una nueva exposición y así entrar a su alucinado mundo de insistentes lunares, eslabones unidos en eterno movimiento, sol, energía dinámica, luna, belleza apacible.

“Me veo a mí misma como una linterna muy pequeña en la historia de la humanidad”.

Ahora, en el museo Tamayo, la “Obsesión Infinita” de Yayoi nos permite conocer su trayectoria de más de 80 años de trabajo. En esta retrospectiva, la artista ha traspasado la frontera de la realidad y nos invade con sus juegos, sensualidad, obsesiones y locura. Cada espejo, las luces, los laberintos, las obras en las que podremos penetrar durante el recorrido, tienen por condición recordarnos que el arte si cura: cura contra la indiferencia rescatando el asombro; cura contra la pequeñez, mostrando la grandeza de una mirada; cura contra el olvido haciendo presente el gozo; cura contra la mentira y nos hace ver con mayor claridad quienes somos. Como la misma artista lo dice: “Quiero explorar mi propia humanidad y la visión del mundo. Establecer un camino para mi búsqueda de la verdad”.