¡Vota por el amor!

En Artículos por Susan Crowley

Esta semana el tema relevante para la cultura fue el diálogo por los proyectos culturales de los equipos aspirantes a la presidencia; ocurrió  el lunes por la mañana. Un encuentro entre las distintas propuestas y posturas culturales como no se había dado antes. Raúl Padilla representando a Ricardo Anaya, Beatriz Paredes a José Antonio Meade, Consuelo Sáizar a Margarita Zavala (antes de defenestrarse) y Alejandra Frausto por Andrés Manuel López Obrador. Para ser sinceros fue un debate entre las visiones de la cultura entre Padilla y Frausto; las otras dos representantes, Sáizar y Paredes, sabedoras de no tener posibilidad alguna de triunfo, tuvieron un papel meramente testimonial. Este debate, comparado con el de candidatos presidenciales, ganó por mucho al establecer de entrada que no se trataba de atacar al otro, sino de exponer y dialogar sobre cada una de las políticas que tendrá el próximo secretario de Cultura.

Nuestro país se encuentra en un momento complicado; la cultura (que antecede a cualquier postura política), ha sido marginada y callada, volviéndose presa, como todo el sistema, de la desesperación, la pérdida de valores y la violencia; de las salidas fáciles e importadas de otras culturas; de formatos impuestos por un gobierno que no conoce a su gente. Así, se ha terminado por cubrir nuestra esencia de apariencias ajenas. Pero México, lo sabemos de memoria, es un país con una cultura vastísima, desde sus raíces hasta la emergencia de nuevos valores, sus manifestaciones populares y folclore hasta su riqueza histórica; su fuerza intelectual y sus artistas de renombre internacional. México, a pesar de su crisis, es cultura y eso es lo que nos inocula contra los malos gobiernos y la falta de oportunidades; contra los sueños rotos y la sangre que se ha derramado inútilmente. Nuestro país sigue teniendo una salida, la mejor de todas, se llama cultura; no es un valor al que quisiéramos llegar en el futuro, es lo que somos en la entraña y que a veces olvidamos. Afirmando nuestro origen y reconociendo nuestro poder es como podemos salir adelante en este momento histórico tan decisivo.

No se trata de elaborar más proyectos de lucimiento ni de gastar en infraestructura (¡ya hay tanta!), no puede seguirse privilegiando a grupos de becarios eternos que no se conectan con las necesidades del país; no podemos pensar que la cultura es un modelo que se crea desde una secretaría que va por la república sembrando algo que no existía. Cada espacio, el más alejado y aislado, aparentemente ajeno al lucimiento centralista es un cúmulo de riqueza local, es una oportunidad de reivindicar los bienes ancestrales y dar la posibilidad de actualizarlos, eso es cultura. Regresar a la fuente de lo que somos, ser de nuevo rostro y escuchar las voces y reconocerlas, amarlas y respetarlas, sentirnos orgullosos de ellas. No me gusta cuando oigo hablar de Francia e Inglaterra como modelos culturales a seguir y no es que quiera aislarme; es que hoy me urge sentir que la voz de lo que somos es la que nos va a permitir recuperar nuestro legado. No quiero “reinventar”(palabreja de moda), ni ver como se imponen valores de otras culturas cuando mi cultura me los ofrece todos los días; solo quiero amarla de nuevo, reivindicarla y devolverle el sitio que se merece. Justamente esta es la visión que expuso Alejandra Frausto.

Honestamente, siento que los demás ponentes hicieron su labor de aparecer, fueron políticamente correctos (otra dominguera), pero no advertí en ellos la noción del México que Alejandra ha ido transfigurando en una posible secretaría. Raúl Padilla sabe de entramado institucional, sin duda, pero sentí que en su proyecto faltaba consciencia social, alma, gente. Su idea más exitosa, secundada por todos, cambiar el nombre de la institución a Secretaría de las Culturas (en plural),  fue el “hit”, no me chinguen. Déjense de nomenclaturas y vayan a la esencia. No se trata de cambiar nombres, se trata de devolverle al país el amor que nos ha dado y la fuerza cultural de la que nos sentimos orgullosos, no solo cuando festejamos o estamos lejos.

Por el contrario, veo a Alejandra llena de ilusión y con una consciencia a prueba de corrupción y de ambiciones personales, la veo como una servidora pública de hoy. Escucharla me hace pensar en uno de los proyectos más significativos de México, que tiene lugar en Tijuana. Encabezado por el artista Raúl Cárdenas (Torolab para los cuates) y Ana su mujer, se llama La Granja Fronteriza. Sin fines de lucro, su motor es combatir la pobreza, prevenir la violencia a través de la educación, la experimentación artística y la cultura, desarrollar tecnología e investigación científica, generar diversos modelos de transformación social y  recuperación de la riqueza y la inclusión. Desde que este proyecto inició, con apoyo de coleccionistas, se vio como un modelo de arte, no de asistencia social, ¡gran cambio de concepción!. En poco tiempo el índice de criminalidad en el área en la que se inserta bajó un 85%, muchas personas rehabilitadas por consumo de drogas, otras han terminado sus carreras; todas estudian y trabajan en pro de la comunidad, haciendo comunidad.

Pienso en Torolab y esto me lleva a pensar en Alejandra y se me antoja una mancuerna extraordinaria; la posibilidad de hacer réplicas de estos modelos y contar con el apoyo de una nueva secretaría que utilice el dinero público (de nuestros impuestos), como lo dijo Alejandra en el debate, para el beneficio de todos.

Tijuana en manos de Torolab, es un ejemplo de congruencia y de (como dice la nueva terminología) “visión” para reconstruir el tejido social que se ha fracturado y lastimado tanto. Raúl y Ana saben encontrar ese valor (flor) que se necesita distinguir entre (el pantano) la desgracia. Los he frecuentado y participo como coleccionista de su proyecto, tengo en mi casa y en mi corazón un contrato que vale mil dólares, eso costó. Se que mi pieza vale cada vez más porque la comunidad de La Granja crece y prospera. Hace poco me llegó un catálogo en el que se enumeran los logros. Nada que ver con planes de gobierno o asistencia social. Es arte puro en comunidad. Raúl y Ana han visto florecer a una población que padecía cifras horrendas. Alejandra Frausto habla de lo mismo, salvaguardar y enorgullecerse de nosotros y de lo que somos, aprovechar el potencial de nuestra gente y con amor hacerlos destacar en sus habilidades y capacidades. Me sentí entusiasmada al pensar en un ministro de cultura que ambiciona esto.

Esta semana en redes y poco después con carteles se empezará una campaña creada por artistas y diseñadores que han decidido emprender un ejercicio de visibilización a favor de la armonía social y, aunque parezca imposible (y yo diría hasta romántico) votar por el amor. La idea es que desde el arte se establezca un pacto y un compromiso contra cualquier acto de violencia y que todos unidos reconozcamos la intención de cambio que vive el país. Son semanas complicadas en medio de una realidad en crisis; tendremos que manifestar nuestras ideas de la mejor manera posible y mantener la calma y la inteligencia; proponer lejos de atacar, fundamentar más allá de denostar. Estará increíble que el cambio que viene, abreve también del arte, esto siempre ha ocurrido, no veo por qué no sería así en esta ocasión. No se si sea posible construir una república del amor, pero si puede surgir de algún lado, ese sería la cultura.

Por: Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo

Foto: Cuartoscuro