The Square de Ruben Östlund o como no tomarse en serio el arte contemporáneo

En Artículos por Susan Crowley

En The Square, de Ruben Östlund, (Suecia, 1974), el curador del afamado museo de arte contemporáneo de Estocolmo, Christian, guapo, muy guapo, exitoso, muy pero muy exitoso, seductor a cual más, frívolo y reventado sin límites, enfrenta un serie de crisis desatadas por el robo de su celular: un niño ofendido que promete hacer de su vida un caos; una campaña de publicidad para la nueva exposición que se convierte en un escándalo público (el video de una niña de la calle que explota frente a la cámara); la incomprensión de sus maleducadas hijas; una amante ocasional que amenaza convertirse en la Gleen Close de Fatal Attraction. Ese es Christian, protagonista de The Square, y reflejo de lo que, en apariencia, hoy es el mundo del arte.

En suma, una película que hace una crítica mordaz de ese universo de mercantilismo y frivolidad que es el arte. El problema, claro, es que el arte es mucho más que eso.

De alguna manera todos nosotros somos parte de ese mundo. Ya sea como especialistas, aficionados, críticos, o criticones, amantes apasionados o detractores , defensores a ultranza o  jueces implacables de lo que es y no es arte, a todos nos encanta sentirnos parte del universo en el que el caben glamour, dinero, escándalo, conocimiento, belleza, horror, sin poder establecer muy bien dónde comienza uno y termina el otro. Parafrasear  “todo puede ser arte pero no todo es arte”, del famoso Duchamp o “El arte se libera de sus definiciones” de Adorno, nos ha dado la posibilidad de estar ahí sin aparentes dogmas, con una absoluta libertad que solo tiene un objetivo, desbordar los límites, romperlos e ir experimentando lo que está más allá.

Lo que a veces se nos olvida es que desde la épocas más remotas el mundo del arte se  constituye por dogmas y manifiestos, decálogos inamovibles hasta que llega el siguiente artista a rebasarlos y entonces se abren nuevos lineamientos, llámese vanguardia, ruptura o tal vez “istmo”,  “post” o también “neo”. El mundo del arte tiene la condición de transfigurarlo todo y renombrarlo y así colocarlo en el nicho que le corresponde, seguir adelante, al paso de lo que viene, ya sea el poder de una institución, los valores de la Academia, o la medida en que el mercado puede alocarse y llevar los precios a cifras escandalosas.

El problema en The Square es que el director conoce solo una parte del mundo del arte, justo la capa de snobismo, falsedad y superficialidad que asoma y que ha permitido se creen clichés, algunos ganados a pulso otros por demás ridículos. Su aproximación es casi una farsa en la que poco aprovecha la gran ironía y las acepciones que entretejen un mundo lleno sí de belleza y poder económico, pero también de provocación y ambición:  ser inmortal en cualquiera de los sentidos posibles, ya sea como artista, coleccionista, curador, crítico o todos los etcéteras que queramos agregar.

Pero lo que parece olvidarse en esta película es que el mundo que lleva a Christian a entrar en un ritmo vertiginoso de sexualidad vacía, arte vacío, sociedad vacía, es que se trata de una epidemia que se extiende a todas las zonas de la vida moderna. Difícilmente existe una institución de la sociedad que se arriesgue a entrar en un proyecto sin tener controladas redes, promoción y relaciones públicas a menos que decida vivir escindido de los circuitos que –por desgracia- necesita para ser “exitoso”.

al vez hoy el arte sea de las pocas expresiones del espíritu que albergan aún una esperanza para el mundo (lo aclaro a pesar de encontrarnos en medio de Art Basel de Miami, una de las ferias que representa el sumun de la frivolidad, el consumismo y la decadencia). Paradójicamente, no creo que una feria, una galería de arte (cuya función es vender) o un museo, sea donde resida esa esperanza. Seamos honestos, han apilado entre sus bellas colecciones la rapiña de objetos a lo largo de la historia del arte y hoy apelan al mercado y a los grandes membretes para decidir el contenido de sus exposiciones.  Las instituciones juegan por sus intereses más que por sus valores, eso lo sabemos de sobra.

Pero, tal vez, en la mano de cada ser nacido artista, en los espíritus elegidos para vincular el universo de las imágenes con lo concreto es donde pueda salvarse este mundo que hoy ha sucumbido a la inmediatez y a lo desechable, al llenado de páginas de escándalos que no lograrán ni una nota de pie de página en los anales de la historia del arte.

Escena tras escena, The Square me parece una provocación fácil contra el mundo del arte, pero un mundo caricaturizado. Es un conjunto de viñetas inconexas a la idea central (que me imagino es denunciar la frivolidad de los circuitos profesionales del arte, pero haciéndolo a través de una simplificación que termina también siendo frívola). Una trama de caos y extravíos deliberados que coquetean con la enorme película, La gran belleza de Paolo Sorrentino, esa sí una aguda mirada al desencanto que impera en la sociedad actual.

Los premios obtenidos por The Square, entre otros la Palma de Oro en Cannes, hacen evidente los criterios afectados de los jueces más interesados en los guiños y puestas en escena ingeniosas que la consistencia del contenido o la trascendencia. La película es una exhibición del poder que puede llegar a tener el director si se toma en serio y conoce profundamente este mundo que describe, pero que por ahora solo se acerca por lo más débil y vulnerable. Ciertamente el mundo del arte está lleno de gente bella, frívola, insegura, ambiciosa, desalmada, corrupta, dispuesta a todo para salvar el pellejo y subir un peldaño tras otro. Conozco a muchos de ellos. Pero, por suerte también conozco a muchos otros, la mayoría quizá, que luchan de manera denodada en lo que creen y día a día trabajan en su respectiva trinchera para darle un sentido no solo al arte sino al mundo mismo.