Sean Scully o la persistencia de la pintura

En Artículos por Susan Crowley

Sean Scully (Irlanda, 1945). ZonaMaco 2018, precio por cada una de sus obras: 1.3 millones de dólares. Vendidas. Artista nominado al Premio Turner (1989 y 1993). Ha expuesto en el Metropolitan Museum, en MoMa, en Guggenheim, entre muchos otros. En grandes formatos, sus murales cubren las paredes del Monasterio de Santa Cecilia, cerca de Barcelona. En las subastas, especialmente en China, los precios del artista rebasan cifras millonarias. Sus pinturas y esculturas pueden ser apreciadas en muchos sitios del mundo. Como unidad, su cuerpo de obra consagra la manera en la que se renombra la abstracción. Con su impronta, supera a la modernidad y calienta al frío minimalismo. La obra de Scully es un camino para habitar los sitios del arte que jamás habían sido explorados.

¿Qué es lo que propicia que alguien que nació con enormes carencias y falta de oportunidades, que como muchos otros sufrió privaciones, vivió en el desamparo y en la desesperanza, se vuelva uno de los artistas vivos más cotizados?, ¿cómo entender que quien fue migrante no por buscar el sueño americano sino por la angustia de vivir en un país en crisis permanente, llegara a ser un artista de fama mundial?. Frente a las numerosas capas de color en forma horizontal y vertical, aparentemente simples, a veces diáfanas, otras oscuras y pastosas, siempre rigurosas, ¿por qué alguien puede quedar indiferente, mientras otro experimenta una auténtica revelación estética?.

¿Qué poder tiene el arte, en este caso la pintura, que después de tantos años de cambios radicales, de experimentaciones y abandono, se consolida nuevamente en la mano de uno de los artistas más influyentes del mundo?

Para conocer y entender quien es Sean Scully, es necesario recorrer algo de la historia de una de las grandes artes: la pintura y sus muchas transformaciones. Y si logramos que la curiosidad despierte en nosotros y tomamos un poco más de tiempo, sería conveniente visitar la Cuadra San Cristóbal, sitio de peregrinaje; espacio creado por el otro gran artista Luis Barragán. Ahí, durante este mes, podrá apreciarse la obra pictórica de Sean Scully.

Una forma de explicar el cambio radical que sufrió la pintura a principios del siglo XX, es el pensamiento de Ernst Gombrich (uno de los críticos de arte más importantes del mundo), quien solía recurrir a una táctica perfecta: compararla con el final de una película y que ésta pudiera ponerse en rewaind. Esto en español lo podemos entender como una vuelta al inicio. Llegar a lo básico. Pero cuidado, no es que la pintura haya entrado en un retroceso a partir de los cambios sufridos, más bien es que buscó esencializarse. Dejó de ser un modo de representación o narrativa convencional e indagó en lo más profundo de la materia de la que se conformaba. Digamos que, por primera vez, la pintura quería hablar de la pintura misma. Gracias al artista francés Paul Cézzane, a quien Scully y tantos otros autores tienen tanto que agradecer, inició este cambio. Por cierto, nunca se detuvo.

El proceso de Cézzane, que hoy podemos entender como de investigación, permitió que lo que la pintura cubría (sus estructuras y sistemas), saliera a la luz. Sin depender de la figura y develando lo que había permanecido oculto, parecía que esta disciplina artística lograba hablar de una manera mucho más honesta, real. Para poder entender este cambio aún mejor, hay que recurrir al gran pintor ruso Wassily Kandinsky quien, un poco después que Cézzane, decidió radicalizar esta experimentación y así inauguró una nueva forma de concebir el arte.

Partiendo del punto y la línea sobre el plano (tal y como titularía su libro), abandonó por completo la pintura clásica para explorar el mundo interior de lo pictórico. Para él la abstracción no solo era el abandono de lo figurativo, era también una suerte de nuevo ordenamiento de las ideas. Serio, dogmático, todo lo contrario a lo que parecían mostrar los títulos de sus obras, “Improvisación”, “Variaciones”, Kandinsky acometía el arte de pintar como una ciencia.

Fue el holandés Piet Mondrian (uno de los artistas más admirados por Scully), quien llenó estas experimentaciones de luz. Creador del movimiento artístico de Stejl, Mondrian se propuso llevar las energías del universo dentro de un cuadro. Exploró aquello que de intangible tenía el cosmos, las formas en el firmamento y plasmó todo eso en colores primarios. Cruzó ejes espaciales y los concretó en celosías imaginarias, fragmentos del infinito. Elementos que permitieron que la abstracción triunfara no sólo como una ciencia, sino que abriera el paso a las nuevas formas de entender el arte y darle un sentido espiritual, una inmanencia a cada objeto que aparecía en el plano.

Para los años cincuenta, en medio de la crisis que el mundo vivía (la guerra fría, la separación de los grandes imperios en dos bloques), fue urgente la necesidad de crear modelos artísticos que representaran el poder de los totalitarismos. El trabajo de Markus Yakovlevich Rothkowitz, conocido como Mark Rothko (el otro pilar para Scully), vino a marcar al arte de manera contundente. Para él la materia en cada cuadro se manifestaba como la totalidad del espíritu humano. Principio y fin, era a la vez la plenitud ambicionada por el hombre y el salto al vacío que el artista demandó frente a su obra. Expresión de lo sublime, testamento de quien creyó en el arte como la única salida digna de la humanidad. Rothko siempre confió en que algún día su trabajo sería valorado y, tal vez, podría cambiar al mundo.

Como yuxtaposición, el artista norteamericano Jaspers Johns apareció en la vida de Scully como la síntesis del atrevimiento. Lúdico e irónico por naturaleza; su trabajo es la suma del ensayo y el error; un juego permanente de inteligencias y apropiaciones que permitieron un renacimiento en el arte. Johns se reía del estigma americano: el ansia de consumo y lo sabía representar con lucidez. Podríamos decir con una lucidez macabra. Al mismo tiempo le devolvía su carta de crédito al deseo nunca satisfecho del capitalismo.

Todo este universo (y muchas otras cosas), con- forman la obra de Sean Scully. Podemos decir que su cuerpo de trabajo es la suma de las muchas intuiciones, experimentaciones y hasta los descalabros que los artistas que él admiraba. En su cabeza todos estos conceptos e ideas se volverían un método seguro de aprendizaje. Después de todo, el conocimiento no sirve de nada si no promueve una nueva manera de ser plasmado. Eso es lo realmente asombroso de la obra de Scully: tomar todo lo que ha dejado la pintura en su basta trayectoria y poder renombrar desde lo inédito, desde lo primigenio, permitir a la pintura ser un nuevo punto de partida.

Sean Scully piensa el arte como un cúmulo de aprendizajes representados (colores, texturas, luz, composición, ritmo, etc.) en formas básicas, franjas que se alinean y cruzan el lienzo plasmando paisajes infinitos. Poderoso y empecinado en su estilo, difícilmente se deja seducir con las innovaciones. Es persistente en sus conceptos y los resguarda de cualquier cambio o fugacidad, de la banalidad provocada por tantos espejismos que hoy ofrece el mundo del arte. Más bien busca profundizar en el instante. Hacer presente eso que solo en su aparecer cobra sentido. Su insistencia en cuidar las formas y no dejarse ir con las modas le ha permitido crear un lenguaje que solo a él pertenece. Líneas que se encuentran con otras líneas, que se completan en la fusión de capas que se superponen para develar algo que asoma pero que no es del todo tangible. Confrontación permanente, cada una de las telas está cargada de intuición, contiene la fuerza de la poesía y de la improvisación. El ejercicio de Scully labra en el inconsciente y así es volcado en la tela. No depende de una idea preconcebida, es la idea misma. Cada línea que participa de manera individual y que compone el gran mecanismo de Scully, es una nota que compone la sinfonía de colores que presenciamos. No por ser intuitiva es azarosa, no por espontánea es casual. El universo del artista está lleno de esas notas que flotan y que componen una música visual. Poesía.

Pero eso no es todo, también está la parte de la experiencia directa de cada uno de nosotros con la obra. Cuadra San Cristóbal, México 2018. Un espacio-tiempo que acoge otro espacio-tiempo. La obra de Sean Scully abrazada por la arquitectura de Luis Barragán. ¿Coincidencia?, no. Más bien espíritu y alma al servicio de cada espectador. Vick Muniz dice que ver a distancia una obra es entrar a su composición; observarla detenidamente, de cerca, es dejarnos invadir por su materia. ¿Cuál es la materia de Scully?, ¿es la misma que utilizó Barragán?. Reacción, emoción pura, la obra de estos dos grandes del arte es también la fuerza de la naturaleza contenida, atrapada en un muro o dentro de un lienzo. Fuerza sexual, expansiva, encuentro en el que los colores son lo que son, no mienten. Planos equilibrados, cortes perfectos. En ambos casos el poder de un concepto que atrapa e invita a la contemplación. Belleza manifiesta. Tierra. Piedra. Acero. Pertenencia.

Esta es la obra de un artista que nació en las circunstancias más adversas para la creación, o tal vez las más propicias, ¿quién lo sabe?. ¿Paradoja contemporánea?, Luis Barragán (asunto que habrá que analizar en otro momento), ya es anillo.

Digamos que Sean Scully es un creador que ha sabido asumir su destino y no se ha revelado en contra. Su trabajo llega hasta la Cuadra San Cristóbal como ha llegado a China, Portugal, Cataluña, Estados Unidos y muchos otros lugares. Sus obras pueden ser leídas y comprendidas por personas de distintas razas, lenguas; su idioma es universal y emocional, no por eso fácil o sensiblero. Sean Scully fuerza la abstracción para que deje de ser un concepto y devenga un estado, el estado del alma. La necedad de Scully en contra de tantas salidas fáciles en el “arte”, nos exige dejar las comodidades para atrevernos a profundizar en la materia que compone cada uno de sus cuadros. Penetrar cada vez más y abordar sus oscuros e infinitos horizontes, sus zonas de luz, sus transparencias y su flujo de emociones. Sentir la materia que compone una obra de Sean Scully nos permite explorar de manera intuitiva los intersticios de “eso desconocido” que llamamos ARTE con mayúsculas.

Razón o no para costar lo que ha llegado a costar, no sé si lo tengo muy claro. Pero ese es el mundo de hoy; un mundo en el que el dinero tasa sus propios valores e intereses. En el que todo es atrapado por él y casi nada escapa. Después de todo es el precio que paga la obra de un artista por entrar a la vorágine financiera.
Por suerte y gracias a su visita a nuestro país y al espacio en el que está expuesta, hoy podemos tener acceso a uno de los escasos momentos en los que el arte triunfa, por voluntad propia, sobre todas las demás cosas.

Para conocer más sobre el artista Sean Scully:

Fuente: Sin Embargo

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