¿Quién demonios son Banksy y Ferrante?

En Artículos por Susan Crowley

“Esta es la sociedad del espectáculo”, proclamó Guy De Bord para hacer patente que todo y todos somos mercancía. Para nadie es novedad, dejamos de relacionarnos como seres del mundo real y nos convertimos en representaciones, espejo de lo que ambicionamos y nunca seremos, una visión de nosotros mismos que jamás se ajustará a lo que soñamos ser. Vivimos el estertor de la era globalizante, el sistema capitalista se fractura y sus fisuras dejan ver los grandes errores en los que incurrió. El culto a la personalidad y las pulsiones de una sociedad del consumo han vuelto al ser humano héroe y victima del sistema, lo han obligado a convertirse en una extensión del mundo digital, en músculo de la información desvirtuada, parte de los eventos mediocres, de las sensaciones banas e inmediatas.

Los abismos por los que se arrojaba el artista, dispuesto a todo, hoy son paredes acojinadas que amortiguan el riesgo gracias a especialistas en relaciones públicas y manejo de imagen. Lo que cuenta es la personalidad y cómo se exhibe. En una era en la que ser un rockstar es más importante que consagrarse a través de la obra, es oportuno hacer homenaje a dos estrellas del arte, literalmente desmaterializadas.

El primero es conocido por todos, aunque nadie lo haya visto jamás; es inglés y va dejando su huella a través de pintas callejeras que han llegado a cotizarse en millones de libras esterlinas. Se ha llegado a afirmar que es el líder de Massive Attack, su nombre es Banksy, así, sin apellido. La otra, heredera del poder narrativo de los grandes creadores italianos y un record de ventas mundial, es Elena Ferrante. Ambos, una paradoja en el mundo en el que todos queremos estar, brillar, el mundo en el que si tu rostro no aparece en las redes o de perdida en la selfi diaria, no eres nadie.

Imposible crear biografías cuando no existe un sustento de dónde tomarlas. De Banksy se sabe que nació en Bristol Inglaterra en 1975. Sus primeras intervenciones fueron furtivas. En su origen, el grafiti (pinta en español) lejos de ser considerado un arte, era perseguido como vandalismo. Las primeras pintas se hacían en trenes abandonados y zonas marginales; con el tiempo traspasaron los guetos y llegaron a tomar a las ciudades como rehenes, como manifestación política generaron un impacto increíble. Quienes lo realizaban debían burlar a la policía y en el menor tiempo posible saturar con spray un muro e imprimir una leyenda que transmitiera un mensaje contundente. Ser eficaces, agudos y destacar del resto hizo que los primeros grupos de grafiteros de los años sesenta hoy sean recordados como figuras legendarias. Banksy inició su historia como uno de esos delincuentes. Marcó sus primeros muros en las calles oscuras del barrio de Candem con un estilo que, con el tiempo, empezó a ser su característica: humor negro y mensajes sutiles que contrastan con la publicidad pagada por las grandes marcas que se empeñan en emular un mundo feliz. Banksy, con un cinismo bestial, siempre iba por lo contrario. Una pared, en la vía pública, es la mejor arma que un artista puede usar como acto subversivo. A ese rincón marginal de Londres empezó a llegar la gente atraída por ese particular lenguaje. La necesidad de ejecutar a gran velocidad, hizo que el artista inventara una serie de plantillas prefabricadas y que utilizara el stencil. Imágenes en blanco y negro, caricaturas de ratas personificando chistes ingleses y retando al stablishment; la silueta de una niña soltando un globo en forma de corazón, entre muchas otras, han dado la vuelta al mundo. Banksy ha gritado en silencio contra el gobierno, las instituciones culturales, las injusticias sociales, incluso una de las piezas más significativas fue la que colocó en el muro de Gaza, un manifiesto de libertad en una de las zonas más vigiladas. Nadie pudo atraparlo y descubrirlo. Salió invicto una vez más de la persecución de los medios. ¿Cuál es la maquinaria que Banksy acciona para salir a tiempo y no ser sorprendido? De acuerdo, hoy parecería que cualquier mito puede fabricarse con la promoción y autopromoción adecuadas; pero el caso de Bansky es resultado del valor de la obra artística de un autor, que aunque anónimo, ha trascendido. Con el tiempo Banksy ha dejado de ser visto como un simple fenómeno mediático, empieza a considerarse no solo una de las más influyentes personalidades del mundo, es un artista cuyo lenguaje contemporáneo ha logrado ampliar los límites de percepción de los espectadores, la crítica y la historia del Arte.

Nápoles es una de las ciudades más complejas que he visitado. El contraste entre la belleza de sus edificios históricos, la naturaleza salvaje que la rodea, el mar y especialmente el Vesubio, sus barrios decadentes y la cantidad de personalidades del arte que surgen de este ambiente la hacen fascinante. Ser un contador de historias es quizá la vocación más endiabladamente difícil que existe. Saber guiar a través de los pasajes que realmente importan, hacer que se habiten los momentos, las sensaciones, emociones, permitir que la atmósfera de lo narrado nos afecte y se vuelva parte de nosotros o mejor aún, nosotros parte de ella, es un don. Encontrar a ese escritor que nos ha de cambiar la vida no es fácil. Elena Ferrante tiene ese don. Acabo de concluir mi lectura del cuarto tomo de la zaga Dos Amigas. Tengo la sensación de haber vivido una de las experiencias más profundas y conmovedoras de mi existencia. Desde el inicio hasta el final, la autenticidad de los personajes y la vida que llevan, están más allá de la Nápoles de postal. Se trata de un “centro del mundo” que paradójicamente tiene lugar en una oscura y empobrecida vecindad en la que la crudeza de un destino ligado a la fatalidad es el leitmotiv. Curiosamente, lo que ocurre a quienes habitan las páginas de Dos amigas, puede ocurrir en cualquier lado, es una historia universal. A lo largo de la tetralogía (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida) nos adentrarnos en un ambiente sombrío y escalofriante donde asistimos y somos parte del dolor del paso del tiempo y la pérdida, de los sueños de grandeza que se destruyen a golpes de realidad. Ferrante nos confronta con lo que hay en nosotros de estos personajes, la parte inescrutable de los pliegues del alma. A todos nos atañe porque es ahí donde vemos aflorar lo más bajo y miserable pero también lo más grande del ser humano. No puedo evitar asociaciones de su literatura con la de Lampeduza; algunos instantes del doloroso existencialismo del Príncipe de Salina con sus frases tan elocuentes y lapidarias: “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”, o tal vez Moravia en sus novelas La Romana y Los Indiferentes. Desde luego se reconoce la herencia y el homenaje a La Historia de Elsa Morante. En cada una de sus páginas nos topamos con escenas del cine de grandes autores del neorrealismo italiano: De Sica, Passolini y el Visconti de Rocco y Sus Hermanos y claro, algunos destellos gozosos de Fellini, pocos por cierto, la carga de Ferrante es mucho más pesimista, cruda. Hay cualquier cantidad de guiños a los ambientes cinematográficos de Olmi y Scolla y nos lleva a entender que el mundo de las mafias, de la ambición y de la mediocridad está a la vuelta de la esquina. Esa es su grandeza, hacernos penetrar en una urdimbre en la que las cosas importantes ocurren en esos sitios sinuosos en los que no parece haber nada que destacar, en las cosas nimias y en los personajes grises, en las ataduras y en los lastres de educación que todos cargamos, en los miedos y en los sueños, en la tristeza de saber que nunca seremos más de lo que nuestro destino se empeña en marcarnos. El gran tema de Elena Ferrante es la amistad, un vínculo tan difícil de perpetuar cuando la vida se empeña en abrir los caminos de maneras inusitadas. El tiempo es capaz de destruirlo todo, a las personas, a sus amores, a los amigos y a las familias, incluso, destruye aquel barrio aislado de Nápoles haciéndolo sucumbir a la vorágine de la modernidad.

Lo más impresionante de Elena Ferrante es que, como Banksy, no ha permitido que nadie penetre en su intimidad, no sabemos si es hombre o mujer, si existe o si es un colectivo o, por qué no un misántropo que se niega a caer en las redes infernales de la celebridad. Los dos, las dos o los muchos que intervienen en esta creación, tanto del grafiti como de la literatura contemporánea, ausentes y sin rostro han sabido invadirnos de emociones y ocupar en nosotros un sitio.

¿Cuánto durará su invisible presencia? ¿cuál es el sentido para ellos?, tal vez evitar el costo que conlleva ser alguien, pero a la larga ¿qué es ser nadie?. Una más de las mil formas de aparecer, como dice DeBord, constituirse en representación vacía en la era del materialismo. Desmaterializar y pulverizar la noción del Yo, ¿en aras de vender?, ¿de posicionarse en los mercados del arte?, ¿de ser un espectáculo?.

Sea como sea, saben jugar el juego como nadie. Por lo pronto lo que hasta hoy nos han mostrado, ha permitido que crezca la fascinación y el culto a su personalidad, aun siendo una máscara; pero sobre todo, nos han ofrecido ambos la oportunidad de constatar que lo más valioso de la creación es la pasión que nos puede brindar el arte en todas sus formas. Y con todo, la pregunta se mantiene en el aire: ¿quién demonios son Banksy y Ferrante?

@suscrowley

Por Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo

De Banksy se sabe que nació en Bristol Inglaterra en 1975. Foto: EFE.