Privacidad o no te metas con mi Oculus

En Artículos por Susan Crowley

Debido a que la semana pasada estuve muy densa e intensa y los tres o cuatro lectores que suelo tener y que valoro y agradezco profundamente lo habrán sentido, decidí que esta semana iba a tratar algún tema con más ligereza. Creo que no se me da, pero voy a intentarlo. Esta semana fui al teatro. Se trata de Privacidad. La obra de moda en México; lo siento, no eres nadie si no la has visto. Apenas la mencionas, brotan comentarios muy emocionales, va algo de ellos, (por favor agregar tono fresa, ya sea auténtico o wanabi, ambos funcionan), ¡nunca hay boletos!, ¿con quién la viste?, yo con Diego; a mí me tocó Luis Gerardo, que está más chistoso. No mames, que grueso lo de las redes, me cae que yo apagué mi celular un rato, me dio miedo, (bueno, solo un rato, no se puede apagar más de cinco minutos porque te vuelves loco). A mí me me entró una paranoia que ni te cuento, borré todas las fotos que le hice a mi gorda (ya sabes), ps acá…que la vean sí me daría oso. No manches, imagínate toda mi info metida en las redes. Y si cachan que estamos en un club de swingers, no se la van a acabar, me van a comer vivo, ya conozco a la raza! Mejor nos salimos mi amor, te dije que no le entráramos a eso, me va a cachar mi jefe. Y él que chingados anda haciendo fisgoneando en los clubs de swingers? Si te cacha, nomás le preguntas. No, o sea, a mí si me late el porno, neta, nomás de pensar que se enteren de lo que veo, que mal pedo. Güey, hasta que vi la obra me di cuenta de lo cabrón que está el rollo, ¿quién lo hubiera pensado?, todos metidos en el puto cel para venir a descubrir que estamos siendo observados por quién sabe quién y que, en cualquier momento, somos como pinches ratas de laboratorio de los chingados gringos o de lo de los amlistas que nos quieren cambiar las ideas y volvernos rojillos.

Original de James Graham, con un formato de manual operativo tipo McDonald´s o Coca-Cola (traducida sin cambiarle ni un punto), cosa a la que nos ha acostumbrado el productor Morris Gilbert, me explico. Antes, las obras llegaban a México traducidas por autores mexicanos de gran talento; era un agasajo porque terminaban siendo originales valiosísimos. Aprovecho para rendir homenaje a Luis de Llano Palmer y a su hija Julissa que nos dieron tantas traducciones originales con musicales como Mi Bella Dama, Rin Rin llama el amor, Los fantásticos, Vaselina, Jesucristo, José el Soñador, etc. etc; pero ese deleite se acabó. Ahora hay que chutarse las copy paste de los grandes éxitos de Broadway y Londres, no me gusta eso, ¡no!. Pero es lo que hay.

El caso es que, en el transcurso de Privacidad, nos enteramos de toda la tranza del mundo virtual; o sea, soy un número más en la lista de algoritmos del universo cibernético que decide por mí, qué me gusta, cómo me visto, qué compro, a dónde viajo, quién califica para emparejarme, de qué me alimento, qué leo, por quién voto. ¿No es espantoso?. Estoy como desnuda aunque no me quite la ropa (lo cual es muy frustrante), saben todo de mí, me tienen atrapada y me usan como un número más para sus objetivos que, no es que sean perversos, simplemente me hacen sentir que mi desnudez no tiene ningún sentido y no produce ni la más mínima seducción, solo consumir y ser consumida virtualmente. Lo más triste de todo, cada vez consumimos con mayor ansiedad, nada de lo que poseemos nos satisface; todo se usa y se desecha sin emoción alguna. En suma, nada dura, nada permanece, todo es de una brevedad pueril.

Volviendo a Privacidad, eso sentí. Ahí mismo en el Teatro Insurgentes (que siempre me ha parecido tan desangelado y poco propicio para la privacidad) éramos unos bichos atrapados en un laboratorio a quienes mostraban estudios y estadísticas de especialistas sobre la blogosfera, que parecerían no venir al caso con nuestra vida cotidiana pero bueno, venimos a descubrir que sí. Diego Luna, que actuaba esa noche, hablaba y hacía chistes como doblado al español por Google, mientras yo pensaba, soy víctima de esta masificación de la que se queja la obra pero en la que ha caído la obra misma: qué extraña sensación. Según la propuesta, el personaje de Diego, después de recibir asesoría de profesionales (en redes, obvio), se cita con tres posibles “dates”, (de manera espontánea pero un poco conducida, digo yo otra vez). Así es como se eligen tres invitados del público, con esto, la obra da un giro. No hay de otra más que tropicalizarla, o sea, adaptarla al español libre y a un, “lo que pase”, sin remedio.

Diego, que estaba tieso, sobreactuado y sobre aplaudido (y honestamente no había dicho un solo chiste para reírse, lo juro), empezó a improvisar y la cosa cambió; parece que se tomó un tequila, que a la mejor era agua y una chela y se arrancó. Eso sí, entró en un área peligrosa porque jugó con el “código postal” y el asunto de clases sociales de manera ruda. Si ha estado presente algún luchador social de esos que se empeñan en radicalizar el trato y llamar, “empleadas domesticas”, “asistentes del hogar”, “compañeras”, o “trabajadoras sexuales”, etc., hubiera habido bronca. Las referencias burlonas a los perfiles de Face de cada uno y a la colonia en la que viven estuvo fuerte (y muy cagadas). Reconozco, nunca me ha caído bien, pero ganó mi corazón por completo. Lo sentí dulce, cabrón y divertido, sobre todo inteligente y con su clara nota de “amlista” que me entusiasmó tanto que me dieron ganas de correr a abrazarlo. El resto, es cosa que tenemos que seguir averiguando.

Sí, somos moscas panteoneras atrapadas, pero mucho peor, volamos alrededor de los sitios que guardan nuestra información, somos sus proveedores de datos que son oro. Ahora que votaremos en México, creemos que estamos en una democracia, ¡ja!. Claro que no, nos manejan desde los centros de información que son los verdaderos poderes del mundo.

Según un chico gay vegano de pelos rosas que se apellida Wylie y que destapó el escándalo de Cambridge Analytica, somos un producto de mercado. Este personaje mostró que la empresa accedió subrepticiamente a la data de Facebook para detectar votantes influenciables y enviarles información distorsionada o francamente falsa y llevarlos así a emitir un voto a favor del producto que manejaba, Brexit primero y Trump después. La escala en la que operó C. A. es de tal magnitud que hace concluir a algunos expertos que sin su intervención el resultados de ambas “decisiones ciudadanas” habría sido distinto.

Al margen de lo que describe la obra Privacidad, que termina siendo los conflictos de un chico que no sabe si es gay o no, que deambula por Nueva York para y por el cyber espacio, que fracasa en sus citas, que le clonan las tarjetas, que no sabe como relacionarse (no muy distinto, en realidad, a lo que le sucede a todo el mundo); es importante recordar que el arte es otra cosa y que la tecnología solo es el nuevo soporte para las ideas y que mientras exista un artista habrá un domador de medios que se imponga con el poder de la imaginación.

La técnica siempre evoluciona y parecería superar la capacidad de creación del hombre. Pero no es así. Cuando pensamos en inteligencia artificial, es la imaginación la que está haciendo cálculos sobre su supuesta limitación. Lo cual no deja de ser un pensamiento tautológico; la imaginación imaginando su propio fracaso ante lo que ha creado. Lo que es cierto es que la imaginación cada vez viaja más rápido y la técnica le sirve.

Siempre habrá un artista adaptando un medio, dominándolo para sus necesidades, llevándolo también a que evolucione y exigiéndole más. Con esto me refiero a que desde el óleo hasta el software más complejo, tarde o temprano entrarán en la narrativa artística y nos veremos seducidos por este maravilloso universo, la web 2.0 (podcasts, fotologs, blogs, wikis, etc.) o los nuevos soportes como 3D, Oculus, VR que plantean universos con nuevos cuestionamientos.

Por mencionar algunos: Bill Viola y el video. No se puede poner en duda que el trabajo artístico le dio un sentido y revolucionó la técnica al video digital. El super slow motion utilizado como una ralentización permite entrar al estado puro de la materia; la masa corporal, la sensación que produce el fuego, el agua, el aire, cuando pueden ser materia táctil. Las expresiones humanas de dolor, alegría, incluso pánico que apreciamos en un trabajo de Viola, nunca antes habían sido observados en el arte. A pesar de que sus referentes casi siempre tienen presente majestuosas obras de la Historia del Arte (Fra Angelico, Ghirlandaio, Masaccio), el artista estadounidense logra dar al soporte tecnológico la densidad y la fuerza metafísica que no había logrado hasta ahora.

Rafael Lozano Hemmer juega con la tecnología y con los sistemas de vigilancia; permite someter al espectador a un cuestionamiento existencial, ¿quiénes somos?, ¿cómo funcionamos?, ¿qué nos importa?, ¿qué nos duele?. A partir de los algoritmos que programa en complejos sistemas, crea obras en las que estas preguntas aparecen constantemente y en las que el espectador participa como parte esencial. Un ejemplo es la pieza Nivel de confianza (2015). En un monitor son colocadas las 43 fotografías de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa. Cuando nos situamos frente a ellas un algoritmo trata de hacer coincidir los rasgos faciales; como eso es imposible, ya que fueron quemados y desaparecidos, el buscador cambia insistente de uno a otro creando una desesperada empatía en la ausencia. Es una pieza tecnológica cargada de emotividad y desesperanza.

Lo mismo ocurre con Ceryth Wyn Evans. A través de tubos de cuarzo o cristal que forman enormes esculturas en el espacio, que pueden ser candiles venecianos o gaitas, logra transportar impulsos poéticos, voces de energías que son el alma y la voz, aliento e impulso que antecede el lenguaje. Cuando estamos frente a una obra de Evans (ahora en el Museo Tamayo), vivimos la experiencia tecnológica aplicada a la belleza sensorial; una inmersión en un espacio tecnológico creado para el arte de todos los tiempos.

Y para documentar en contra del horror que deviene de la tecnología según Privacidad, valdría la pena vivir una de las más bellas experiencias en materia artística. Está en México, en Culiacán, en un jardín botánico. Se trata de Encounter, la pieza de James Turrell. Un aprendizaje en todos los sentidos de la palabra. En forma de nave espacial (de película de los sesenta), con tecnología de punta, colores tenues que van cambiando paulatinamente, instalada en medio de la naturaleza (el jardín mantenido y enriquecido a través de los años por la fundación Coppel), la pieza nos ofrece trasladarnos a un ámbito que al mismo tiempo es un encuentro con el espacio exterior y con nuestro universo interior. Entrar justo al amanecer o al atardecer y vivir el momento de transición, lenta y pausada, nos permite poner a prueba nuestra percepción y descubrir momentos de sensibilidad y emociones que poco conocemos, del cosmos y de nosotros mismos. Sobre todo, si tratamos de no sucumbir a la pinche selfi y las fotitos del celular (que ahora sí, ya me tienen hasta la madre), para mandarla a las redes sociales.

Y para cerrar, Bjorg. Espero que alguien que lea esto haya compartido esa experiencia, una de las más bellas de mi vida. Parecería pura tecnología, pero ¡no!, es pura creatividad, que sin tecnología no hubiera podido ser, pero que sin Bjorg y el grupo de talento excepcional que la rodea, no hubiera sido lo que fue. Vino a México, costó un chingo de lana el boleto, estaba lleno de Emos (rezagos de los fans de Bjorg), lloramos por nuestra cantante favorita aunque se presentara en forma de holograma, la acompañamos en pantallas de 360 y le salvamos el corazón después de que el puto de Matthew Barney se lo rompió (aunque él nos haya cautivado con su maravillosa ópera River of Fundament, cómo no odiarlo, cómo no perdonarlo, ¡mierda!). Ok, Bjorg nos ofreció su depresión y la ayudamos entrando a su boca y a las cavernas de su cuerpo con Oculus y RV. Fue un ejercicio que nos mostró que el arte sí domina a los cables, las pantallas y algoritmos.

Justo tecnología versus tecnología, esa es la cuestión; la odiamos, la necesitamos, la execramos, somos sus esclavos, vivimos a través de ella, la queremos apagar pero no podemos, la utilizamos, nos esclaviza; la padecemos y ¡la disfrutamos!. Vivimos a sus pies… y apesta.

Por Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo