Manual del perfecto coleccionista

En Artículos por Susan Crowley

Un verdadero coleccionista nunca sigue las tendencias del arte. ¡Él las marca!

Sabe que en el fondo es un vampiro sediento de sangre joven: los artistas emergentes lo mantienen vivo, por eso siempre está rodeado de ellos. No tiene ni pálida idea de qué va su obra, pero algún día lo entenderá.  De pequeño coleccionó soldaditos de plomo o muñequitos de armar (de esos que venían en el cereal). Intuye que entre esos objetos y un Anish Kapoor de un millón de dólares no hay diferencia, el caso es poseerlos.

No comprende lo que es un vuelo comercial y no sabe estar solo… sus amigos se deleitan (muchos dirán que abusan) en su avión con champán y caviar antes de llegar a Art Basel cada año. Por una módica suma de varios miles de dólares pertenece al patronato del MoMA; se refiere a los grandes artistas como “Damien”, “Abraham”, “Anish”

En secreto detesta el arte creado por mujeres, las considera demasiado liberadas y teme que no se bañan. Le fascina la ópera (no, no es cierto, la odia). Dice que le fascina y es miembro del “board” del metropolitan opera house, pero cuando está solo, llora al son de baladas pop. Sabe que su presencia en las subastas genera expectativa: siempre viste a con lo último de la moda: sin corbata, con un perfecto bronceado y aprovecha el verano en Suiza para exfoliar su piel en el spa más exclusivo.

Su gusto por el arte jamás es su verdadero gusto por el arte. Honestamente, le gustan los cuadros de flores y hermosas mujeres desnudas (calendarios Pirelli) pero sabe que lo de hoy son neumáticos, basura y animales en formol, así que no duda en invertir en ellos. Incluso si acaba de pagar 11millones de dólares, y descubre que el animalillo se empieza a desmoronar  y hay que tirarlo dirá, sin dudar, que es arte efímero e irá por más.

Va acompañando por la más afamada corredora de arte, toma clases con la maestra de arte de moda y es íntimo amigo de la más sexy curadora (bailarina de salsa de vocación). También es fan de un decorador “gay” de mega buen gusto, cuya promesa es lograr que hasta la sangre convertida en escultura en su salón de trofeos se vea elegante.

Cuando adquiere una obra contemporánea su libido aumenta considerablemente. Está casado con la más apetecible obra de arte de carne y hueso. [Salma o Eva] es el tesoro que completa su colección (eso sí, acostumbra firmar un convenio prenupcial sobre su colección de objetos).

Pero no todo es alegría para el mecenas moderno. También tiene sus momento complicados; el día que no compra siente un vacío que lo lleva a pensar en Lorenzo el Magnífico y sabe que le falta algo más para llegar a ser el mejor coleccionista: Es entonces cuando lo encontramos, con espíritu melancólico, leyendo a Vasari y contemplando una postal de Florencia al atardecer.