Loveless o la consumación del desamor

En Artículos por Susan Crowley

Loveless del director ruso Andrey Zvyagintsev, es una tragedia contemporánea sobre el amor. O para ser más precisos, sobre el desamor. Pulsión que mueve, fuerza que lleva al límite los sentidos. En un momento luz, al siguiente, oscuridad que nos perturba y ahoga. Fulgor que aturde al pensamiento. Olvido que nos condena a la indiferencia.

Una anécdota en apariencia cotidiana, tejida por la genialidad de Zvyagintsev, nos comparte apenas unos días en la vida de personas comunes y corrientes. Con un manejo de la cámara impecable, escenas en las que no sobra ni falta nada, el director nos adentra en los pliegues de una cotidianeidad que podría ser la de cualquiera de nosotros. Tedio vital en un Moscú post soviético marcado por los estragos del vertiginoso capitalismo y el consumismo voraz. Zhenya, una bellísima y joven adicta a las redes sociales y Borys, un mediocre oficinista cuyo único logro es haber adquirido un apartamento que representa todo su patrimonio, han decidido separase, ya no se aman. Ansían lo que su reciente libertad les ofrece: un trabajo que cuidar, una nueva relación que parece inyectar vida a sus corazones vacíos. Nada de esto es novedad, tampoco el que tengan un hijo que complica su decisión convirtiéndose en el principal obstáculo de la felicidad anhelada. Les estorba, no saben que hacer con él, hasta que desaparece.

Al inicio de la película, el pequeño y solitario Aliosha sale de la escuela. Penetra a un bosque melancólico que evoca aquellos cuadros del artista romántico Caspar Friederich. Es un espacio muerto, ¿metáfora de los seres que habitan el entorno de Aliosha?. Taciturno, juega con una tira de plástico de matices brillantes. Algo de color y una efímera alegría se cuela en el ambiente, queda atrapada en las ramas de un árbol seco; no hay más, lo que sigue en la historia son pasajes en un doloroso claroscuro. Largas y evocadoras escenas poéticas, homenaje a Tarkovsky, se cuelan en la filmografía de Zvyagintsev con una carga extra por demás existencial, la palpitante actualidad. El leitmotiv es la ausencia de Aliosha; densos trayectos de la cámara dentro de elegantes centros comerciales atiborrados de consumidores; un salón de belleza impoluto que atiende las demandas de la codiciada belleza y un celular que no deja de interrumpir el ritmo interior de los personajes, ya de por sí deshabitados.

Loveless parece un retrato del enojo con el otrora sistema soviético; un coro silencioso parece susurrar, hemos triunfado, somos libres, ¿libres de qué, libres para qué?. No alcanzamos a escuchar la respuesta, una atmósfera apocalíptica nos ahoga: es otro fin del mundo el que se plasma cuando el amor ha muerto; es el hueco dejado por Aliosha al desaparecer. Las horas transcurren, su ausencia no pesa sobre dos seres que esculpen desesperados en la bruma del porvenir. Zhenya se envuelve en un erotismo fatuo, convierte al amado en víctima de su desamparo; Borys devora a su nueva amante preñada, nada llena el vacío, esa es su esencia. Pulsión de vida, muerte; Eros -Thanatos se enfrentan desgarrados en una lucha perdida de antemano. Agobiantes pasajes de la búsqueda de quien se ha disuelto en el paisaje y del que solo queda el rostro estampado en los muros de la ciudad; sensación de crudeza y dolor sin aspavientos, misterioso lamento que reverbera, sin dar tregua. La angustia de dos padres que claman por su hijo y un ejercito autómata en una cruzada por rescatarlo; curiosamente, unas horas antes, su ausencia pasaba inadvertida. El vértigo del desamor se desvela en un rostro, adquiere un nombre, Aliosha.

La posible guarida del niño es un edificio abandonado; otra vez, residuo del sueño soviético. Pero ni él y tampoco esta ruina arquitectónica del triunfalismo funcionalista, tienen cabida en el avance de una sociedad que no quiere nada con su pasado. Todo se enfría por momentos. La tenue luz viene de las ventanas rotas, es el último gesto visual de esperanza en un sitio abandonado. En la escena aparecen los objetos con los que jugaba el niño y que simulan un hogar. Por un momento pareciera que hay esperanza. Falsa pista. Desasosiego. Los gritos de los voluntarios que se suman a la tarea de encontrar a Aliosha se pierden en el bosque. El único rastro pende de un árbol. Nadie lo nota.

Sin juicios ni falsa moralidad, Loveless cala en lo más profundo y doloroso del ser humano. No hay un pasado que justifique el desamor en una persona, tampoco se trata de hacer psicología barata y entender a los personajes a través de explicaciones torpes. La apuesta del director es fuerte, desgarrada, no ofrece reparar los daños con salidas fáciles. Simplemente el amor se acaba. ¿por qué?. Quizá se deba a un inexplicable y eterno abandono del que huimos desesperados, ¿razón para asirnos al otro?.  ¿El amor existe o es solo una necesidad de completud sin fin?. Pascal Quignard habla de un “desconcierto de haber sido concebidos”, ¿eterna ansiedad que nos hunde en el desamparo?. Tal vez como Zhenya, Borys y Aliosha nosotros también padecemos esa eterna ausencia que buscamos  saciar desesperados. ¿Acaso habría que entender que nunca podremos satisfacerla?  Ante una desaparición todos nos hacemos responsables, a todos nos atañe. El rostro de la ausencia se hace presencia pura. El vacío que Aliosha deja en sus padres es nuestro. Los intentos de encontrarlo se vuelven vanos. Tendría que haber otra oportunidad. Ni Borys ni Zhenya pueden echar el tiempo atrás a ese y tantos otros momentos en los que se increpaban y gritaban su desamor, sin percatarse de la presencia de su hijo.

El tiempo pasa, la  alerta de la desaparición del niño se esfuma. La búsqueda se detiene. Una toma larga, nos lleva al apartamento en el que vivía Zhenya con su hijo, está vacío. Se ha vendido. A través de la ventana, se advierte un paisaje que pareciera extraído de aquellos cuadros invernales de Pieter Brueghel, el joven. Los niños patinan, una capa de tristeza apenas deja pasar la luz. El invierno ha consumido la imagen de Aliosha.

Loveless, Sin amor, no es una historia de vida, es de la muerte del amor, de la ausencia, del vacío. La única redención posible, sería un niño feliz. Él ya no está, el desamor ha cancelado su futuro. Borys y Zhenya, con Aliosha o sin él, desean algo que jamás tendrán. La desnudez de sus cuerpos sedientos de amor no prohíja el deseo. El desamor se ha consumado.

Foto: Loveless parece un retrato del enojo con el otrora sistema soviético. Imagen especial.

Por Susan Crowley

Fuente: SinEmbargo