Los laberintos de del Toro o las concesiones para ganar un Óscar

En Artículos por Susan Crowley

Ya sé que no va a ser popular mi columna y que en estos momentos como mexicanos debemos brindar en el Ángel en lugar de tratar de encontrarle chichis a las culebras. Desde luego me siento muy feliz de escuchar que nuestros talentos mexicanos brillan en el mundo. Pero hay algo que supera mi alegría, la frustración de saber que con esta noticia se desencadena una efervescencia nacionalista irritante y olvida por un momento la triste realidad: la falta total de oportunidades en nuestro país para los cineastas y para cualquier ser con talento. La forma del agua arrasó con los Óscares, desafortunadamente para quien ama el cine de Del Toro, tal vez pase a la historia como la menos afortunada de sus películas.

Que es bonita, nadie lo puede discutir; que con sólo 13 millones de dólares logró colocarse en el circuito de las triunfadoras desde luego es un honor (aunque habría que decir que Lady bird, Three billboards y Get out tampoco fueron películas de alto presupuesto). Con tan poco hacer tanto, es algo que se nos da bien a los mexicanos, a veces, sólo a veces. Que ver bailar a la especie de salamandra, anfibio, extraño y con un cuerpazo que ya quisieran muchos modelos de pasarela, con la sordomuda, nos llevó a revivir muy buenos momentos de cine, es indudable (Ginger y Fred, de Fellini como ejemplo). Que el guiño al cine dentro del cine, muy probablemente robado al buen Woody (por cierto, hoy denostado por las multitudes hollywoodenses por las escandalosas acusaciones que ha recibido de abuso sexual) y que nadie más que él logró en La Rosa Púrpura del Cairo; que el homenaje involuntario (o voluntario) a la película Chabelo y Pepito contra los monstruos, es una puntada para reírse y reírse al revivir nuestro impresentable cine mexicano. En fin, que basta poner a una muda, un gay malquerido, una negrita sometida por un marido haragán, un renacuajo enamorado, todos ellos maltratados por un blanco racista para amortizar la deuda (que del Toro decidió pagar) y confeccionar el catálogo que cubre la cuota de las minorías que, este año, (tal vez no haya otro igual) fue la exigencia de la Academia de cine de Hollywood.

Todo eso está bien, el problema es qué explicación obtiene quien, como yo, confió ciegamente en el cine de Del Toro desde el día uno; que lo acompañamos en los intentos de explorar una ciencia ficción que estaba más que muerta en el cine; que juntos sufrimos las crisis existenciales y morimos de ternura con Hell boy. Que fuimos capaces de pelear a muerte contra los detractores de Cronos y supimos estar en todo momento a su lado defendiéndolo contra quien invalidaba que se metiera en terreno peligroso hablando de la guerra civil española en el Laberinto del Fauno. Que gozamos y nos fascinamos con personajes que podían pasar de la realidad a la ficción sin molestarse en hacer concesiones. Que eran buenos de corazón (como lo es Del Toro, sin duda). Y que más allá de su filmografía lo vimos, como a tantos otros, salir de México y volverse uno más de los que hacían camino en las alfombras rojas de la meca del cine.

Los que somos sus fans pase lo que pase sabíamos que triunfaría y si no, no nos importaría tanto, porque confiábamos en que el verdadero triunfo es saber contar una historia sin vender el alma en el proceso. Cuando vimos cosechar laureles (antes que a él), a “G. Inarritu” y a Cuarón, nos morimos de rabia porque sabíamos que ni por error el cine de estos tocaría jamás los niveles en los que se mueve nuestro Del Toro. Sin que él lo supiera, lo acompañamos en sus múltiples gabinetes de curiosidades y lo quisimos siempre por su autenticidad y su calidez, su falta de arrogancia y sencillez profunda y sincera. En cuanto estrenaron Shape of water en nuestro país, corrimos al cine más cercano con una ilusión enorme dispuestos, una vez más, a colocarnos en nuestros asientos y dejar que nos atrapara su barroca ficción, esa obsesión por fabular que pocos han entendido como él.

Y luego ver la película. Lejos de analizarla a partir de sus propios logros y atributos y hacer una crítica seria de sus falencias, tuvimos que aguantar y sumarnos (si no, seríamos execrados por el resto) a la cresta de la ola del triunfo de Del Toro con la diarrea de videos, memes y los más estúpidos twits de “su triunfo es mío y me emborracho y celebro por algo tan ajeno a mí pero que es mío”. Y lo patético: ver a los ridículos políticos, a quienes el triunfo de Del Toro cayó como anillo al dedo (y así justificar sus seis años de abusos y mediocridad), gritar a los cuatro vientos una conquista que no les pertenece y que no merecen celebrar y de la que deberían sentirse muy avergonzados. ¿Qué demonios hicieron para que en México se produzcan más Guillermos del Toro?. Bueno, e incluso verlo convertido en bandera contra Trump, cuando en realidad deberíamos exigir  ser defendidos por todos los abusos que se cometen en nuestra contra. Y aquí Del Toro y sus dos amigos, “tú ya sabes quien”, seguidos por Salma en odalisca postmoderna, la niña de amarillo que habla tan bien inglés y Derbez, parecían los únicos capaces de reivindicar nuestra sobajada mexicaneidad.

Pero volvamos a Shape of water. En unos cuantos minutos (como lo exige Truffau y su regla de oro del buen cine), nos cayó un balde de agua helada encima. En medio de una dirección de arte impecable que emula lo mejor deHugo de Scorsese, la muda se masturba y come huevos hervidos; sale corriendo (entre estresada y Dorothy del Mago de Oz), hacia el laboratorio en el que en una cámara secreta han atrapado a un anfibio híbrido inspirado en La Bestia (el de la Bella, con un poco de La Sirenita y Splash). Entonces Del Toro (sabiendo que estamos en sus manos), los lleva a enamorarse. Los remates musicales de las escenas son casi una conducción a los autómatas e ilusos -si no te enterneces, ahí te van trinos y adornos trillados para que te acuerdes como es la cosa-. Ok. Un rato después seguimos pegados en la butaca tratando de ser fieles a nuestro compromiso tácito y eterno con El Gordo.

Poco más adelante tratamos de dilucidar si el asunto va de comic. Sabemos que la cosa no va del todo bien. Cuando maltratan al viejo gay medio nos indignamos pero, ¡ojo, ya lo vimos en tantas películas!. ¡Alarma!. La negrita también es maltratada y ya nos empieza a dar la impresión de que le hemos visto el mismo papel a la misma actriz. Y ya encarrerado el ratón, el anfibio baila como Fred Astaire. El asunto se vuelve una acometida amorosa entre ambos personajes mucho menos funcional que la de Daryil Hannah y Tom Hanks en aquella Splash, cuando insuflados por un ochenterismo genuino nos preguntábamos “Oyes mana y estos ¿por donde cogen?”. Reconozcámoslo, hay mucho más erotismo en una escena de el Hilo Fantasma (que casi pasó inadvertida para los Óscares) con un impresionante Daniel Day Louis sometido a los maltratos de una chica ordinaria que le mastica el pan con la boca abierta, vestidos y sentados a la mesa.

Sabemos desde el principio que la rana se va a salvar, es obvio. Y aun así, nos tenemos que aguantar que la muda pase por muerta y reviva.

Conclusión: ¿Qué pasa cuando caemos en cuenta que nuestro héroe Del Toro ha obsequiado su maestría y creatividad a una maquinaría millonaria pletórica de recursos pero también de mediocridad?, ¿qué pasa cuando vemos a tanta gente involucrada en este “showsito” eterno y aburrido hasta la ignominia, predecible a cual más y que cada año “rota” a sus minorías para ser políticamente correcto, o sea, quedar bien con todos?. De la misma forma que hay que cubrir la cuota “transgresora, radical y democratizante” con chistes bobos en contra de Trump en la ceremonia de los premios. 123 minutos dura la película, igual que salpica el agua verde y lamosa, nos rocía algo de aquel Del Toro que nos hacía estremecer y soñar, que nos desgarraba y nos obligaba a pensar. ¿Será posible que después de este chapuzón de oropel hollywoodense volvamos a disfrutar del cine al que nuestro director consentido nos tuvo acostumbrados siempre?

Por: Susan Crowley

Foto:

Fuente: Sin Embargo

@suscrowley

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