Lo que Game of Thrones jamás podría contar

En Artículos por Susan Crowley

En cualquiera de las culturas ancestrales el mito es un relato fundante. Necesario para explicar los ciclos de la tierra y la fuerza de la vida, el misterio y los arquetipos, proveedor del equilibrio entre bien y mal, el mito es la unidad de pensamiento que, cada tanto tiempo, reaparece en nuestras vidas irremediablemente.

A pesar de que hoy vivimos en un mundo pragmático y lleno de emociones y experiencias de aterradora inmediatez, (nunca ha habido tanta oferta de obras, estímulos, ideas, exposiciones etc. etc. con tan poca trascendencia), el mito se empeña en acontecer y recuperar un tiempo “otro”. Diría Roberto Callasso en las Bodas de Cadmo y Harmonía, «estas cosas jamás ocurrieron, pero existen siempre».

Ya sea como un cuento de niños, lleno de seres sobrenaturales, personajes fantásticos que realizan acciones inverosímiles o como una serie de acciones ejemplares vividas por héroes con conflictos existenciales, que cavilan mientras deben batirse en las más extraordinarias hazañas, el mito encarna la fuerza vital del ser humano. Es también el primer núcleo didáctico en el proceso civilizatorio. Gracias al mito aprendemos lo más profundo y sagrado del ser, al mismo tiempo que experimentamos la ambición y la parte oscura, lo más elevado y lo más bajo de la condición humana.

Dioses, semidioses, héroes, monstruos y personajes fantásticos, concurren en los diferentes pasajes del mito para mostrarnos algo que no sabemos pero que intuimos y que, entre más rápido entendamos y conozcamos, podremos avanzar en el encuentro con nuestro destino. Esta es la misión del héroe, luchar para que el mundo recupere su equilibrio y pueda seguir adelante.

Cualquiera de las representaciones, ya sea Edipo, Medea, Elektra, entre muchas otras, muestran la intención de equilibrar y recordarnos quiénes somos y de qué somos capaces. Todo frente a nosotros mismos en una escena teatral que funge como espejo. Al paso de los años el teatro sufrió cambios importantes. El destino de los humanos ya no es resultado del capricho de los dioses: ahora son Clitemnestra, Jasón, Antígona quienes padecen las consecuencias de sus actos. Literalmente, arquitectos de su propio destino.

Por desgracia cada vez ansiamos más el espectáculo y menos el contenido; la evasión se contrapone a la contemplación a la que no necesariamente estamos dispuestos. Mucho de lo que vemos representado hoy, ya sea en teatro, cine o series de televisión pretende ser una diversión llena de efectos sobreproducidos que nos impresionan brevemente y provocan la dispersión. Recordemos que no querer pensar, es el origen de “al pueblo pan y circo”. Pero si nos alejamos del mito y la tragedia nos estamos perdiendo de cosas muy importantes y sobre todo muy divertidas. Experimentar con los arquetipos míticos puede hacernos vivir los miedos y permite sentir el tremendum. De golpe, como un acto de posesión, cualquier representación cargada de drama y de conocimiento nos hace entender el poder y nos plantea el acceso a su terrible seducción, nos hace también enfrentar nuestro ego; la liviandad, ejercer el odio y el amor como actos de la voluntad humana. La representación nos permite tocar fondo y rescatar el equilibrio perdido.

Durante la Edad Media, la fusión del decadente imperio romano con los grupos bárbaros y el surgimiento de la “Buena Nueva “ del cristianismo, sirvieron como punto de partida para la formación de Europa. Mito, magia, religión y filosofía  se volvieron uno en distintas representaciones y permitieron que la sociedad se estructurara como base de la cultura occidental. Le debemos mucho al medioevo, para algunos una época oscura en la que el avance del mundo se detuvo.

Gracias a la mala interpretación de series de moda y juegos de computadora, y las muy maniqueas versiones cinematográficas (El señor de los anillos, Juego de tronos, entre otras), terminamos por sustituir y dejar en el olvido el poder de los grandes artistas como J.R.Tolkien, “el padre de la fantasía” convirtiendo la mitología en  mini aventuras por entrega cinematográfica de una banda de bobos (Frodo y sus amigos bolsones) en persecución de un anillo, mostrando al mundo medieval como una geografía destruida y llena de cavernas, con pantanos y palacios oscuros y fríos, dragones volando en el espacio aéreo como coches en el periférico y personajes que no tienen mucho que aportarle al mundo, como no sea contar sus reinos ganados o perdidos y acostarse con su hermana, un incesto con el que se pretende escandalizar a todos, como si ocurriera por primera vez y no fuera parte de tantas historias desde el inicio de los tiempos.

Vivimos una época en la cual no queremos reconocer nuestro origen y nos aterra todo lo que tenga que ver con el verdadero poder del ser, entre otras cosas, retar a los dioses o tal vez volverse uno de ellos. Pero es justamente en la Edad Media donde surge el verdadero conocimiento en todos sentidos. En este universo no solo encontramos cualquier cantidad de historias fascinantes; si lo vemos con cuidado, de aquí abreva mucho de lo que debemos saber sobre el ser (psicológica, filosófica y emocionalmente hablando). El medioevo también está lleno de vitalidad y belleza en el arte que llena los más bellos salones de museos del mundo; de astucia en los grandes movimientos políticos (si no, leamos los dramas históricos de Shakespeare); de religiosidad con San Agustín y su estética de Dios; de filosofía con la fundación de la escolástica y de las más importantes universidades de Europa; de órdenes religiosas que permitieron que un monasterio se convirtiera en verdadero centro de reflexión y conocimiento: “Ora et labora”, decía San Benito, mientras ponía las bases para la construcción del mundo de la música desde el canto gregoriano hasta la polifonía. Todo está dicho en la Edad Media.

Muchos años después, casi en el siglo XX, el compositor Richard Wagner toma a los personajes de la mitología germana (Wotan y Fricka, el héroe Sigfrido, gigantes como Fafner, valquirias como la bellísima y heroica Brunhilde, nibelungos como Hagen, enanos como Mime o las Nornas que viven para cuidar el oro del Rhin). Con ellos construye de nuevo el mito y lo actualiza utilizando uno de los entramados musicales más potentes de la historia de la música. Con el leitmotiv los temas emocionales, la inclusión de nuevos instrumentos, como la tuba wagneriana, logró materializar los sonidos que, sabe dios cómo ni por qué, tenía dentro de la cabeza. Nuevas notaciones y tempos que no se conocían, permitieron que se  reviviera lo más profundo y emocionante del mito.

El oro del Rhin, la Valquiria, Sigfrido y el Ocaso de los dioses, nos llevan a vivir una nueva forma de densidad de pensamiento que fascina y que nos traslada a un momento, el del origen, en el que todo (el mundo y la muerte de los dioses) estaba por ocurrir. Deidades y humanos libran la batalla de la creación, unos a otros tratan de arrebatarse el anillo que simboliza el conocimiento y la entereza del héroe pero que mal utilizado lo lleva a la irremediable destrucción.

Si el mito estaba condenado al olvido, la opera podría ser otro de los géneros en mayor riesgo. Pero los milagros ocurren. Tantos años después los más grandes artistas del mundo siguen trastornados ante los tamaños de la tetralogía wagneriana. Robert Lepage, uno de los directores de arte más valiosos de nuestra era, cayó seducido por esta tremenda obra e invirtió seis años de su vida para entenderla y terminó por hacer una de las propuestas más alentadoras e innovadoras de la historia de la ópera. Gracias a Lepage, podemos entrar al fascinante mundo en el que todos esos personajes deambulan y nos descubren la belleza, el amor, la pulsión de muerte, el camino que un héroe tendría que ser capaz de cruzar para concretar su hazaña.

Con una propuesta casi minimalista, y gran economía en los recursos, con tecnología sorprendente, una elegancia poco vista en los espectáculos actuales  y atendiendo a cada uno de los detalles, Lepage va zurciendo este entramado en el que acompañamos a nuestros héroes a vivir su inexorable destino. Nos seducirán con su canto y en cada leitmotiv, encontraremos la inteligencia de Wagner para, no solo llenarnos de imágenes, sino también obligar a nuestra mente a abrirse y expandir el pensamiento.

Anagnórisis quiere decir reconocimiento, es el momento en el que un personaje logra un juicio crítico y ante un acontecimiento, vive una revelación que lo define por completo. Esto se logra transmitir a cada momento durante las muchas horas a las que es necesario entregarse si se está dispuesto a vivir los aconteceres del Valhala y sus dioses y héroes. Más allá de la experiencia visual, la función del mito y de la tragedia es generar un aprendizaje, para eso fueron pensados.

Por eso es importante saber que existe Wagner, que Lepage lo ha revivido y que juntos logran que el mito y lo sublime de la música, hagan filosofía y apuesten por las formas originales para hacernos creer de nuevo.

Sin duda, uno de los acontecimientos operísticos de la década ha sido la tetralogía El oro del Rhin (Das Rheingold), de Wagner en el Metropolitan Opera House con la propuesta de Robert Lepage. Podremos a través de YouTube ver algo de esta saga.

A pesar de que estamos expuestos al entretenimiento vacío y desechable, aun hay obras maestras sin tiempo, que se actualizan de manera incesante. Ese es el poder del arte, no ser temporal o banal, convertirse en eco que reverbera en el corazón y trasciende los siglos, las modas y abre vías para gestar un nuevo espíritu.