Joseph Beuys o el privilegio de ser artista

En Artículos por Susan Crowley

Recientemente una de las obras del artista alemán Joseph Beuys (1921-1986), Das Kapital Raum (creada para la Bienal de Venecia de 1970), se vendió en la increíble cifra de 20 millones de dólares. Si la pudiéramos observar a simple vista, sería difícil imaginar que un montón de pizarrones negros con fórmulas y códigos ininteligibles borroneados y escritos a gran velocidad, al lado de un piano, además de una tinaja de grasa y un micrófono, pudieran alcanzar ese precio en el mercado. Pero el valor de estos objetos que Beuys solía llamar en su conjunto “instalación”, no resulta tan exorbitante comparado con cualquiera de las últimas escandalosas ventas de arte: Salvatore Mundi de Leonardo 450 millones; Femme assise, robe bleue, de Picasso 415 millones; Untitled de Basquiat 335 millones; son un ejemplo del ascenso de los mercados del arte moderno y contemporáneo. Es cierto que los nombres Leonardo Da Vinci, Pablo Picasso y Jean-Michel Basquiat, son un cheque al portador. Nadie duda que los precios de sus obras escalen cifras nunca antes imaginadas. El caso de Joseph Beuys es distinto. Su cuerpo de obra consiste en apenas “residuos”: grasa, miel, pedazos de felpas en un tono gris, una liebre muerta, linternas, un coyote salvaje dentro de una galería, pizarrones llenos de discursos escritos elaborados durante días enteros en los que pasaba dialogando con sus alumnos y seguidores.

Esa era la manera en la que Beuys iba constituyendo el legado que dejaría a las próximas generaciones. Un legado cargado de arqueología primitiva; de Vesalio y su física; de Nietzsche, Schopenhauer y su filosofía; de la poesía de Novalis y de la extraordinaria música de Wagner. Con todo esto rescató mitos ancestrales, prácticas mágicas en las que el arte devenía un ritual iniciático permanente y el artista adquiría proporciones de chamán; con cada una de sus acciones, algo mágicas y alquímicas, se podría rescatar a Europa de su propia traición histórica.

¿Cómo entender a Beuys?. El viejo continente no había podido reponerse de la primera guerra mundial cuando la destrucción y la barbarie lo arrasaron una vez más. Nunca la cultura había alcanzado niveles tan altos como en los primeros veinte años del siglo XX. Orgullosos de su vasta cultura, de sus logros históricos, de la filosofía y la ciencia, los europeos se jactaban del bienestar económico que prometían los avances industriales y de las revoluciones artísticas que prohijaban sus vanguardias. La proliferación de manifiestos sostenidos en los más diversos  postulados: Surrealistas, Constructivistas, Dadaístas, Futuristas, Cubistas, hasta la novedad radical del Suprematismo; todos eran testimonios de una Europa eufórica y hasta cierto punto soberbia.

Pero si la cultura había sido el sentido de esta construcción, también fue el eje fundamental de su destrucción. Después de la vorágine que enfrentó al hombre contra el hombre, solo quedó una imagen para la historia: la ruina de ciudades, museos, centros culturales, la muerte y persecución de artistas y sus obras. ¿Cómo restituirle a Europa un sitio después de haber sufrido la humillación delante de quienes habían sido testigos de su capacidad de destruir, de autodestruirse? El entonces joven Joseph Beuys, como tantos otros soldados, participó en la guerra y vivió las consecuencias.

“En 1943 mi junkers 87 fue derribado en Crimea por los rusos. Fui rescatado por un grupo de nómadas tártaros que con grasa y felpas cubrieron mi cuerpo y curaron mis heridas”. El joven combatiente regresó a una patria devastada por las bombas. No había un edificio en pie. No quedaba un rastro de esperanza para nadie. Beuys pasó un largo periodo de encierro y depresión, el mismo que vivía Düsseldorf, su ciudad natal. Se obsesionó con el dolor y tuvo que lamer sus heridas y aceptar la responsabilidad histórica como alemán frente al mundo. Así fue como surgió la esencia de su pensamiento (no era un objeto, era una idea):  “Todo hombre es un artista”. Si el ser humano había podido construir Europa, cada impronta era una pronunciación de su arte. La voluntad de destrucción era también la obra personal de cada ciudadano. Esto lo convertía en artífice de la nueva arquitectura de Europa y del mundo.

Con esto y una voluntad férrea, la del artista, se dio a la tarea de enseñar en la universidad de Düsseldorf. Con el tiempo aglutinó una enorme cantidad de jóvenes seguidores; sus performances llenaban auditorios completos, generaban nuevas vías de pensamiento. Con la  misma voluntad fundó un partido verde, Die Grünen, cuya estrategia era justamente proclamar los derechos de la naturaleza a través del arte. Supo convertir el arte anquilosado y convencional en una suerte de proceso de crecimiento mutuo, lo llamó Escultura Social. Al igual que un panal de abejas, sistema que le parecía fascinante, Beuys concebía a la nueva sociedad como una colectividad que era capaz de conformar una urdimbre perfecta; sus redes permitían el crecimiento espiritual y artístico en bien de la comunidad. Con esa misma pasión rechazó al racismo y la desigualdad del imperio estadounidense y lo representó en uno de los performances más significativos de su trabajo: Me gusta América y a América le gusto yo. Contrario a lo que se acostumbraba en la época, reverenciar al centro de los mercados mundiales, entró a Nueva York sin tocar el suelo, penetró en la galería René Block de Soho y convivió durante tres días con un coyote salvaje. Con esto buscaba resarcir el daño a las culturas ancestrales y curar las heridas infringidas a quienes vivían aislados de los sistemas imperialistas.

Para Beuys, el arte era una forma de curar; a través de la voz, de la presencia y de la emocionalidad, transmitió al mundo aquello que no se había dicho jamás. Logró hacer del arte, no un fin, sino un medio con el cual se podía recuperar el tejido social que la guerra y la violencia habían destruido. De esta forma también supo rehabilitar al pensamiento, lo llevó a ser un sistema incluyente en el que cada uno de los seres humanos somos artistas y tenemos la capacidad de construir la realidad de una manera inédita, como si fuera la primera vez.

Hoy que en nuestro país cunde la tristeza y la desesperanza, que hemos vivido consternados el vil asesinato de tres jóvenes artistas (sumado al de tantos otros miles), que somos parte de la incertidumbre, del dolor y de la falta de futuro. Ahora que nos hemos vuelto testigos mudos de la violencia y la pérdida, el pensamiento de Joseph Beuys cobra sentido; nos obliga a pensar, sentir y vivir con integridad, con pasión, sin resignarnos a la tragedia. Nos hace tomar el papel de autores de nuestra propia obra de arte, concebirnos como parte de una realidad más allá de la inmediata. La Escultura Social es una trama que permite volver a nombrar al mundo desde un tiempo ido que, paradójicamente, aún nos pertenece; el tiempo del mito, el de la verdadera religión como principio de encuentro, religar con lo que somos profundamente y que a veces olvidamos; un tiempo en el que la voluntad humana debe tejer nuevas redes y aprehender (con h intermedia) nuevas realidades. Hoy como nunca es un privilegio saber que Joseph Beuys existe y que nos brinda la posibilidad de vivir el arte desde otro lugar, no el de la belleza aparente que solo no da satisfacciones banales, no el de los mercados y la ambición humana que siempre será mediocre. Beuys nos muestra cómo el proceso más profundo y responsable del ser, es más bien el privilegio de ser artista.

 

Por Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo

Foto: Pero si la cultura había sido el sentido de esta construcción, también fue el eje fundamental de su destrucción. Foto: Especial.