Héctor Bitar

En Artículos por Susan Crowley

¿Cuáles son las deidades a las que el artista se rinde construyendo palacios? Hasta ahora nadie las ha visto. El ser humano se conforma con hablar de su presencia como voces, murmullo que se cuela en el alma y que susurra lo innombrable. A esos dioses perdidos en la noche de los tiempos es a quienes el artista eleva su canto, es para quien crea sus obras. Cada imagen nombra la belleza, ausencia-presencia, que después será entregada a la humanidad como un voto por el absurdo, por lo imposible en la mano del hombre. Somos seres ansiosos de dioses. Los buscamos a cada paso. Nuestro pasado está plagado de esos sitios en los que hemos urgido su presencia: Así se forman los templos, las ciudades rituales a las que cada tanto acudimos en busca de consuelo de nuestra orfandad. Ahí es donde el artista acudirá a buscar el material para su obra.

Pero en algún momento el hombre se olvidó de elevar templos y decidió construir máquinas. Su ambición: controlar el absoluto. Y así conquistó y rebasó límites jamás pensados. ¿Cuáles son las ruinas que nos hablan de ese olvido, de esa no construcción, cuáles son sus residuos? Desde la antigüedad clásica, hasta la trans-cultura, el filósofo busca la verdad para nombrarla, el artista persigue la imagen como un intento de explicación. El Neo-Barroco ha creado teatros, mezcla de ficción sobrecogedora y atisbos a la melancolía a través de simulacros; velos que se corren y descorren para mostrar algo que no es más que pura apariencia. Pérdida irremediable de esencia que se contenta con disfrazar y, al infinito, interpretar aquellos mitos y leyendas cuya condición solo será representación. Espectáculo.

Citando al filósofo Teodoro Adorno, en su Teoría estética: “Para poder subsistir en medio de una realidad extremadamente tenebrosa, las obras de arte que no quieran venderse a sí mismas como fáciles consuelos, tienen que igualarse a esa realidad. Arte radical es hoy lo mismo que arte tenebroso, arte cuyo color fundamental es el negro”, Light in the absence of light; espacio creado por Héctor Bitar, en el que la ausencia de luz se hace presente. Memoria, recuento en ruinas, residuos que habitan el no espacio, el no tiempo, la no historia. Teatro en el que todo pasa de manera quieta: origen y misterio de la creación artística. Restos de un ritual sin dioses.

Como el mismo Bitar lo apunta “La transmutación de los elementos me genera un estado contemplativo hipnótico”, es otra manera de descubrir el velo y advertir lo inédito: Ruinas imaginarias creando testimonios de una civilización que no alcanzó a contarse, que se perdió en el universo como tantas otras posibilidades que no fueron. Restos de ciudades no edificadas, edificios demolidos antes de ser construcciones para una sociedad que nunca existió. El mundo sucumbe a las ruinas, a través de ellas se cuenta la historia y en cada una de sus piedras la decadencia. Las ruinas que hoy presenciamos serán coleccionadas como tesoros de un sueño no soñado, de la no permanencia y del no futuro; la ausencia de color en cada una de las piezas nos permitirá horadar en actos deliberados de construcción. El oro es el símbolo de la deidad, arma de luz que busca contrarrestar el olvido y significar. El ser humano insiste en construir una historia que irremediablemente lo condena a descubrirse mortal, el artista se empeña en traer imágenes que nos recuerden que somos algo más que eso.