Gonzalo Lebrija

En Artículos por Susan Crowley

El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero.

Jean Baudrillard

En el sitio Mexartdb.com, podemos encontrar la siguiente definición sobre la obra de Gonzalo Lebrija: “Estructuras de poder, figuras de autoridad y jerarquías establecidas en México pero que son relevantes en otros contextos sociales”. Sin conocer su obra, pareciera que la intención del artista es la de abordar temas como la política y lo social, concepto que suele ser un referente obligado en el mundo del arte latinoamericano. Pero, si observamos cada una de sus fotografías, videos y esculturas, sin dificultad llegamos a un espacio de reflexión poética, al mismo tiempo que nos encontramos con un sistema que, intuitivamente, reta a la física. Paradigma de la condición existencial en una imagen, melancolía del ser en su deambular por el mundo.

Momentos congelados, especulaciones sobre el movimiento que solo pueden ocurrir en la imaginación, el trabajo de Lebrija tiene un referente muy claro, las acciones que pasan, la memoria que las nombra y la posibilidad con esto de fabular realidades alternativas.

Guadalajara fue el ámbito tradicional en el que estudió, se formó y vive aún, “había pocas válvulas de escape. Estaba la video sala de la Universidad de Guadalajara, que costaba 3 pesos; tenía dos funciones y cambiaban las películas todos los días, apenas empezaba la carrera de comunicación”.

Asiduo concurrente, se inició y volvió su ejercicio habitual el abstraerse de la realidad inmediata y navegar en todos aquellos temas de los que rara vez se hablaba en casa o en el colegio del Opus Dei: Buñuel y sus imágenes oníricas, surrealistas, repetidas hasta el absurdo; Passolini siempre horadando en lo prohibido, en el erotismo, en la muerte. “Fellini, Visconti, todo ese cine se volvió mi fábrica de ideas”.

Ventana a través de la que la vida transcurre en otro tiempo, en distintas dimensiones, desde el guión hasta la proyección en una sala, el cine de arte es posible gracias a sus engranajes, cada uno permite que la historia sea contada. Tal vez el espacio con el que mejor se identifica Lebrija, sea la sala de edición. Cada cuadro, planos secuencia cinematográficos paralizados una, mil veces; imágenes que parecen puntos sucesivos en la cosmogonía de una historia, son los elementos que constantemente podemos encontrar en su obra. Las imágenes de Lebrija son narrativas fragmentadas, robadas de su contexto, afirmando su espíritu poético. El recurso cinematográfico se refuerza cuando la obra de Gonzalo busca complicidad y, sin concluir la “película”, le otorga al espectador la responsabilidad de ser él quien la complete.

Simulación tras simulación, abstraer un evento y llevarlo al extremo, arrojarlo al mundo, inaugurar nuevas posibilidades, nuevas lecturas, experimentar: “Tenía la intención de dedicarme al cine, hice un documental, y funcionó, pero me di cuenta que los proyectos que me interesaban eran de corte experimental. Guillermo Santamarina, que estaba curando una exposición de video, eligió uno de mis trabajos”. Así fue como llegó a la ciudad de México y se topó con el avance en materia de artes visuales y la invasión de ideas que, en comparación con Guadalajara, era enorme.

-¿Te sentiste provinciano?

-Sí.

-¿Y ahora? (Suelta una carcajada), -“Hoy siento que vivo en la capital del mundo!”, luego, un poco más serio, agrega, “las condiciones de trabajo de Guadalajara son muy buenas, hay talleres muy profesionales, soldadores, ceramistas, carpinteros, la mano de obra de los artesanos es de primera. Esto me permite generar mis piezas desde aquí, aunque viajo tres o cuatro veces al año a Europa y varias veces a Estados Unidos”.

Con una narrativa y una estética impecables, las piezas de Lebrija iniciaron su ruta hacia el mundo del arte hace ya 15 años; así llegaron las primeras exposiciones, al mismo tiempo que se iban generando distintos espacios de conocimiento, “en esos años en los que no existía internet, se sabía muy poco de los movimientos conceptual, minimalismo, Land Art; me acuerdo que, a los 15 años, mis papás me regalaron una enciclopedia de historia del arte, iba desde el arte primitivo hasta el impresionismo, no era suficiente pero sirvió. Ya en la universidad y con un six pack de cervezas, algunas tardes nos íbamos a casa de Javier Dueñas, que era el que más viajaba y traía libros. Una plática por ahí de alguien que acababa de regresar de un viaje, el catálogo de una  exposición comprado en alguna ciudad de Europa o Estados Unidos se convertían en una documentación invaluable. “Ese fue el primer método de investigación que tuve sobre arte contemporáneo”.

Y luego, aislarse de nuevo, lanzarse al vacío, una oferta lúdica para navegar al interior, “a mi no se me abrieron las puertas del mundo del arte, más bien se me fueron cerrando otras puertas, y me quedó el único camino”.

“Con la inmediatez del internet y lo accesible que se ha vuelto la información, las cosas han cambiado radicalmente, el trabajo de un artista va a mayor velocidad para exponer, para vender y para internacionalizarse”.

Una enorme cantidad de experimentaciones, exposiciones que se suceden una a otra. Paralelo a la vida de artista, junto con José Dávila y Fernando Palomar, funda la Oficina para Proyectos de Arte (OPA), un espacio de exposición sin fines de lucro muy necesario, “En Guadalajara no había un lugar donde se invitara a artistas extranjeros, o que fuera un centro de desarrollo para creadores emergentes. Fue un centro de experimentación increíble pero se cerró después de 10 años. Nunca dejó dinero, y siempre poníamos; para mi es un ciclo que había que concluir y dedicarnos a nuestras carreras, a nuestras familias”.

Toda esta experiencia le dio una mirada integral de cómo y en que medios iba a desarrollar sus ideas y cual sería la impronta de su trabajo: Simular una realidad hasta permitirle una identidad que la haga verdad. Atraer a los críticos, seducir a los físicos, poder crear distintas resonancias y ver su trabajo interpretado de múltiples maneras.

-¿Un artista nace o se hace?

Gonzalo es lo menos solemne hablando de este tema. Es artista. Su trabajo era algo que tenía que hacer y lo sigue haciendo todos los días. Es una necesidad. Es su manera de relacionarse con el mundo. El ver las cosas de esta manera, le ha permitido plantear una relación íntima con el espectador al que no le es difícil volverse su coleccionista. “La relación con cada uno de mis coleccionistas es fundamental, la adquisición en el arte debe ser tan cuidada como la creación, no puedes soltar las piezas como si fueran simples productos. El coleccionista es un custodio de tu obra y así debe entenderlo”. Por esta razón atesora y mantiene una relación estrecha con cada uno de ellos.

¿Hubieras sido físico? No.

Más bien la búsqueda de Gonzalo puede verse como un acto que reta lo estático simulando. Paradójicamente, frente a su obra, él no deja de moverse. Ahora migra por completo. El mundo de la música, que también ha sido su pasión, se vuelve el soporte de su próximo proyecto.

“Durante mi residencia en casa Wabi, en Mazunte, una noche nos metimos a nadar a la laguna y, al mover el agua, empezaron a aparecer unas partículas de luz, dinoflagellata, unos microorganismos unicelulares; “así decidimos nombrar al disco, que se ha convertido en una aventura”. “Es una especie de cantata o composición en varios movimientos, que incluye ritmos folk, algunas cosas escritas por mí e interpretaciones de sonidos primitivos en distintos instrumentos, queremos trabajar con metales de Oaxaca que son buenísimos. Busco sintetizar una serie de ideas que veníamos desarrollando Francisco Ugarte y yo a través de la música, posteriormente invitamos a Pedro Martinez Negrete a formar parte del proyecto y grabar en un estudio y generar un número limitado de LP´s, que es el formato ideal. Darnos el gusto de hacer una serie de presentaciones, las que se puedan, y poder llevar algo que también me ha obsesionado, la música, a mezclarse con lo visual y generar imágenes que se relacionen con el ritmo y el movimiento”.

Ser artista es reconocer las infinitas imágenes que habitan en nuestro interior y tener la capacidad de traducirlas en objetos para el mundo. “Se requiere consistencia y persistencia, muchas de las veces puedes rayar en la obsesión”. “Para mi, ser artista, es ir perfeccionando una técnica, ser una esponja que absorbe y se deja exprimir; ser espontáneo y tratar de que el proceso se de como si hubiera una fuerza que te llevara; descubrir ciertas imágenes que luego devienen fijaciones y que me permiten llegar a más imágenes que incluyen cuestionamientos de la vida cotidiana, que le dan sentido a la experiencia estética”.
Retar a lo desconocido, jamás pisar en un terreno del todo seguro y, sin embargo, saber que hay un camino que marca el destino de la vida del artista. Ese es el trazo del que se vale Gonzalo Lebrija en su trabajo: una línea que tiene que ver con el tiempo y su absurda medida, con la posibilidad de llevar a cabo una simulación tras otra, hasta revelar una verdad que insiste en permanecer oculta y que el artista tiene la responsabilidad de entregar al mundo.