Gabriel Orozco y el ajedrez contra el destino

En Artículos por Susan Crowley

¿Qué tienen en común Leonardo, Duchamp y Gabriel Orozco? El gusto por el ajedrez. Aparentemente solo eso. Sin embargo la pasión por este juego, revela una serie de atributos en la trayectoria de los tres. ¿Coincidencia o destino?

Una de las escenas más memorables de la historia del cine se la debemos a Ingmar Bergman (claro que le debemos un montón de cosas al director de cine sueco), se trata de El Séptimo Sello (1957). Antonius Block (Max von Sydow), el caballero cruzado, reta a un partido de ajedrez a la muerte ansiosa de tomar su alma. Con la intención de ganar tiempo, Block se entrega a este juego. ¿Lucidez macabra, intento de creerse dios y decidir sobre lo inexorable?, ¿reto al destino?. Mucho tiempo antes, en pleno Renacimiento el artista Leonardo Da Vinci anotaba en sus diarios secretos, entre muchas otras cosas, las estrategias que utilizaría para la siguiente partida de ajedrez. De todos es sabido la gran habilidad que tenía Leonardo para desarrollar ideas, no se conformaba con ser un simple pintor, era artista, inventor y un hombre curioso y con gran capacidad de asombro. Como jugador de ajedrez, un gran estratega.

1917, apenas había comenzado uno de los siglos de mayor ruptura de la historia del arte. Marcel Duchamp, presentaba su obra Fuente, un urinario recién arrancado de un baño público, en Armory Show. Debido a los reclamos y críticas, no tarda en ser retirado y hubiera quedado como una simple provocación e irremediablemente en el olvido, sino es porque Alfred Stieglitz lo fotografía. A Duchamp pareció importarle poco el escándalo que produjo este desafío a la anquilosada institución del arte. Poco tiempo después se le encontró en lo que realmente le fascinaba, jugando ajedrez.

Es de muchos conocida la pasión del artista Gabriel Orozco (México, 1961), por este juego. Si analizamos detenidamente, podríamos asumir que cada una de las obras del artista se acomodan como piezas estratégicamente colocadas en el gran tablero que compone la totalidad de su obra. Incluso, tal vez sea más fácil abordar el complejo lenguaje del artista explorando los desconocidos y siempre nuevos terrenos que plantea el ajedrez. Es cuestión de estrategia, pero también puede ser la manera de abordar una nueva teoría, ¿Gabriel es exitoso por azar?, ¿es casualidad que triunfe cada vez que plantea una nueva táctica?, ¿las circunstancias son determinantes en su afamada carrera? Todas son factibles. Pero más allá de esto puede haber otra posibilidad. Tal vez, a pesar de todo lo que esté en contra, Gabriel Orozco es artista. A pesar de lo que se suele demeritar su obra, sus famosos golpes de “suerte” no lo sean tanto. Tal vez, a pesar de él mismo, Gabriel es parte de ese engranaje que compone la totalidad del ser, que conocemos como condición humana y que, filosóficamente, llamamos destino.

Revisando el cuerpo de obra de Orozco, encontramos una constante: la falta de elementos que lo definan y lo condenen a convertirse en lugar común. Desde la imagen de un Perro Dormido, 1993 (retando todas las normas de la fotografía), pasando por los múltiples y diversos ejes temáticos (Mis manos son mi corazón 1991, Piedra que Cede 1992, La DS 1993, entre otras), hasta el éxito comercial sin precedente de sus Árboles del Samurái, podemos decir que no solo atrae la curiosidad y la incomodidad a quien se expone a su obra. El artista es el origen de muchos caminos que apenas se están explorando en el arte. Su trabajo es también una forma de entender y de hacer teoría. La simulación es un terreno en el que Orozco se desenvuelve con gran facilidad. Jugar con la fama, jugar con los mercados del arte, jugar con la credibilidad, jugar, jugar.

Uno de los más descabellados “enfrentamientos” del artista con sus adversarios se dio durante la Bienal de Venecia en 1993. Se trató de Caja vacía. A manera de objeto encontrado y en este caso olvidado en el suelo, una inservible caja de cartón, ponía en “jaque” al espectador. ¿Qué demonios pretendía? En el momento era muy difícil descifrarlo. Un poco más adelante este nimio y al mismo tiempo retador soporte, en medio de uno de los espacios sagrados del arte mundial, generó un montón de teorías. Me gusta pensar que, como un icono (imagen de lo sagrado, “vacía de su presencia y llena de su ausencia”) aparece como punto de partida para cuestionar todo lo que está afuera de ella, inscribe todo lo demás: al mundo del arte, a su historia, al mercado, la fama, la trascendencia, todo cabe en esta caja porque está vacía. Con una mueca retadora (me imagino), el artista ha ganado otra partida.

Y nosotros, ¿queremos participar en este particular e inusual ajedrez alterado?. Ok, se vale decir que no, ya sabemos que al aceptar, podremos sentir muchas cosas: enojo, frustración, coraje, que nos “ha tomado el pelo”. Luego los resultados de la partida, toparse con las ventas extraordinarias que produce su obra acompañada de entrevistas en las que lo vemos muy en el rol de “artista que detesta serlo”, aunque, sabemos, se mueva en esto como pez en el agua. No hay duda, parte de la estrategia de Orozco es el simulacro. Luego las preguntas, ¿nos mira desde su sitio?, ¿qué nueva jugada va a llevar a cabo?, ¿lo hace para divertirse?, ¿para vender?, ¿porque solo quiere provocar?, o, ¿por qué no, tal vez no puede evitar ser congruente con su destino que es ser artista?.

Pero sigamos un poco más, ¿qué decir de él que no se haya dicho?, ¿cuántas críticas más hay que leer que denostan su trabajo y lo reducen a una especulación del mercado del arte?, ¿qué de revisiones, ensayos, análisis y recuentos de su breve pero arrasadora presencia en el mundo del arte hay que estudiar para saber un poco más de su obra?, ¿qué es lo que sigue en el universo de Gabriel Orozco?.

Entrar al mundo del artista nos llena de preguntas que no necesariamente contienen respuestas, ¿para qué? no se necesitan. El placer de cuestionar el arte es un juego que se plantea a partir de estrategias, de la confianza que exista en el adversario. Y por eso, a pesar de las críticas y los malos augurios, nadie quiere que Gabriel se canse de ser Gabriel (aunque así lo haya declarado él mismo). Nadie quiere que tengan razón los que califican a su carrera de “15 minutos de éxito”. Por eso esperamos con paciencia el siguiente movimiento.

Hay cosas que damos por sentadas cuando hablamos de Gabriel Orozco. Que es el representante de una generación que cambió el arte de México y la visión que de México se tenía en el resto del mundo. Que desde sus inicios enfrenta a la rancia Academia. Que se fue del país y muy pronto logró entrar a los circuitos neo y postconceptuales del arte mundial. Que los críticos más serios se interesaron muy pronto por su obra. Que expuso en los principales centros de arte del mundo: Reina Sofía, Bienales, la de Venecia, Berlín, Sao Paolo, Whitney, Metropolitan Museum, Documenta. Que vendió y vende sin parar. Que regresó a México y colocó las bases que permitirán hablar de arte contemporáneo mexicano. Que a través de la amistad con otros artistas fundó espacios en los que se suscitaba la reflexión. Que la manera de pensar era haciendo, en acción continua. Que mandó al carajo a las instituciones y creó su propio circuito de artistas mexicanos (Gabriel Kuri, Damián Ortega y Abraham Cruzvillegas, entre otros), que los ha protegido e impulsado siempre. Que fundó su propia galería (Kurimanzutto), y la llevó a ser una de las 100 mejores del mundo. Que hoy como hace años vende, vende, vende.

Con tiempo Gabriel Orozco se ha convertido en una marca exitosa. Y que pase lo que pase, y haga lo que haga, le pese a quien le pese, tiene una estrella ganada. La estrella de quien sabe crear estrategias y que a través de ellas se la juega a riesgo. Hasta hoy, no lo hemos visto fracasar. Tal vez ha perdido, quién no. Pero pareciera que el destino de Gabriel está ligado con la idea de ganar aún perdiendo.
Con todos estos home runes (Home Run, 1993), además habrá que hablar de muchas otras de sus cualidades: por alguna extraña razón (atribuible a lo bien que se la pasa y a su capacidad de asombro, digo yo), siempre es joven aunque haya dejado de serlo hace mucho. Pareciera que cada exposición asestá un golpe. De nuevo un desafío, un acuerdo tácito con sus espectadores, coleccionistas y críticos. Las ganas de creer o no en su trabajo, de justificar o no sus locuras, hacerse consciente o no de que se trata de un juego de inteligencias; de amenazar el conocimiento dado, el dogma. Luego, ser testigos del alud de comentarios: “¡No mames, güey!, ya, lo tengo, lo caché, ya entendí el fraude”, “Ya se su trampa, ahora sí le salió fatal”, “Su nueva exposición es una payasada”, “¿Quién le dijo que es artista?”, todo esto mientras Obricht y Buloch y Birnbaum y todos lo demás gigantes de la crítica del Arte Contemporáneo teorizan y toman su último experimento como una nueva manera de ver el arte. Ellos parecen saberlo, Gabriel es capaz de romper hasta con sus propias reglas y seguir el juego. ¿Sobre qué hace teoría un critico de arte? sobre arte, obviamente. Dame un objeto y yo te daré una nueva hipótesis. Orozco es un artista cuya solidez ha permitido, sin parar, generar especulaciones sobre el arte.

Al caballero Bloch le fue como le tenía que ir en su partido de ajedrez. De Leonardo lo creemos saber todo, hasta que una de sus obras valga 450 millones de dólares; Duchamp hoy se sigue explorando, todos los caminos del arte nos llevan a él. Y ¿qué hay de Orozco?, ¿ya esta diseñando una nueva estrategia?, ¿de nuevo nos llevará a pensar afuera de la caja?. De hecho nos llevó a concebir el arte dentro de una tienda de conveniencia (Oroxxo 2017), que a su vez estaba incrustada en la famosa galería Kurimanzutto. Entonces es muy difícil imaginarlo en pausa. Es más fácil verlo de noche en algún evento social muy chic, con lentes oscuros y cara de “no me saludes”, “¿Eres Gabriel Orozco?”, “Eso dicen”.

Lo que es un hecho, es que pronto habrá otra nueva táctica y, sin darnos cuenta, estaremos atrapados en ella. Cada vez es más difícil estar fuera, ya sea para odiarlo o para amarlo. Ahí estaremos, para presagiar el desastre o para acompañar el nuevo golpe de “suerte” que todo el mundo le atribuye.

Pero, ¿existe la suerte?.

Volviendo al juego de ajedrez, a Leonardo, Duchamp y Orozco, los tres son artistas y los tres juegan insaciablemente. De nuevo las preguntas, ¿el ajedrez es un simple juego?, ¿es la representación del destino?, ¿Todos ellos, sin saberlo, han retado a lo inexorable?, ¿como Antonius Bloch, enfrentan a la muerte?, ¿Gabriel lo intuye?, ¿por eso crea?, ¿se ríe de la muerte? (Papalotes negros 1997).

Y por ahí queda la escena del Séptimo Sello, aquella en la que vemos al caballero Bloch seguido de sus amigos, (¿estarán convidados nuestros tres artistas?). Todos al encuentro de su destino. ”(…) Van tomados de las manos haciendo una larga cadena y empieza la danza. Delante va la misma Muerte(…) Ya marchan todos, hacia la oscuridad, en una extraña danza. Ya marchan huyendo del amanecer, mientras la lluvia lava sus rostros, surcados por la sal de las lágrimas”.

Por Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo