El arte contemporáneo, la gran tomadura de pelo

En Artículos por Susan Crowley

Para ti Marisa querida, cómplice del arte y de la vida

Para los que lo aman y para quienes lo detestan, para los que sienten que es una tomada de pelo y para los que tratan de entender pero no encuentran la manera; para los que se dejan atrapar con salidas superficiales y para los que ya de plano se dieron por vencido. Aquí va una reflexión que tal vez ayude a abrir una puerta a este amplio y diverso mundo llamado arte contemporáneo. Un mundo que apasiona a todos pero que es difícil de explorar, sobre todo, en el que la pasión por el conocimiento y el misterio de la creación se relacionan con algo tan burdo como el mercado que se empeña en ganar protagonismo todos los días. Empecemos por los ejemplos que pueden poner los nervios de punta a cualquiera en cada visita a una exhibición.

Un archivero lleno de expedientes en medio de un pasillo del museo (Art &Lecture); una serie de cartas del artista a sus amigos (Alighiero Boetti, On Kawara, Mario García Torres, Jamy Le byers) ; una cáscara de plátano tirada en el suelo (Adriana Lara); fotografías que ilustran el paso por el mundo de un tal Dr. Fakouri (que en realidad no existe y que el artista inventó, Waly Radd); un estante lleno de las cápsulas que tomamos todos los días acomodadas cuidadosamente (Hirst, obvio). O, lo que es peor, restos de grasa y felpas grises hechas girones en una tina de baño (Joseph Beuys) y, colocadas en una repisa de acero a un lado, semillas de girasol, aún en sus costales, listas para ser sembradas (Janis Kunellis).

Es muy común que en estos días los museos y galerías exhiban de todo menos pintura y escultura. Puede ser muy decepcionante, en especial para quien, a pesar de haber recorrido muchos espacios museísticos, estaba acostumbrado a las salas en las que podía encontrar una oferta interesante de pintores y escultores, que eran capaces de satisfacer su apetito de cultura y conocimiento. Arrobarse y vivir un momento de éxtasis era la razón para ir de visita a un espacio en el que las obras maestras se alineaban, unas después de la otra, colocadas como recuento de la historia y del logro de la creación humana. Todo para mostrar el poder desafiante del hombre y su capacidad de transfigurar la naturaleza. Su mano marcando el paisaje, cambiando la manera de percibir el mundo, la creación como símbolo de genialidad, el triunfo del estilo. Pero eso dejó de pasar hace mucho tiempo. El arte contemporáneo, que tiene su punto de partida en los años sesenta, viene a cuestionar todas las antiguas formas de exponer y, lo más grave, su razón de ser o de trascender. El arte hoy busca registros de experimentaciones, residuos de vivencias que pueden prolongarse, no en la memoria sino en los archivos y diferentes medios en los que son expuestos.

Todo esto resulta de sobremanera frustrante, ya que como suele reclamar el visitante a menudo, si no lee las cédulas no se entiende nada y cuando las lee, termina diciendo: ¿te cae?. Esto se traduce en que el arte en sí mismo no vale si no tiene una explicación, y si ésta no es lo suficientemente convincente; entonces ¡caput!, se queda completamente afuera de la experiencia y con ganas de reclamar al curador, al artista, y a la madre de ambos, por supuesto.

Sin remedio, quienes asisten a las nuevas exposiciones, en las que puede pasar de todo, desde una escultura hecha con pelos, pasando por palitos e hilitos interconectados hasta llegar al terror de la habitación vacía, se preguntan, y con sobrada razón, si poco a poco lo desechable y pasajero va ganando terreno a lo trascendente.

Pero quizá una primera explicación es que nunca hemos entendido el valor de lo efímero y suponemos que las cosas nimias exhibidas no tienen importancia. Entonces, para entender el cambio, tal vez vale la pena pensar qué había ocurrido previamente y cómo se dio esa transformación. Aunque es difícil de creer, hay muchas razones para que esto ocurriera.

A finales de los años cincuenta, para muchos expertos, el arte había llegado a su nivel más alto, por lo tanto estaba al borde de su decadencia. Por un lado, el surgimiento de los totalitarismos había obligado a los artistas a pintar algo que llamaban realismo socialista. Solo arte figurativo en contra de lo que enunciaban las vanguardias del arte mundial (que por cierto habían sido acusadas de arte degenerado por los nazis). La intención era evitar cualquier código secreto o información velada dentro de un cuadro y se exigían imágenes propagandísticas a favor del sistema. Mientras, en el mundo capitalista, se había apoyado a los artistas de la abstracción, los llamados expresionistas abstractos, cuyo principal movimiento se dio en Estados Unidos. La llamada Escuela de Nueva York pegó con tubo, como decimos, con artistas de la talla de Mark Rothko, Jackson Pollock y Willem de Kooning, sólo por mencionar a algunos. Todos ellos fueron grandes genios y dieron su vida por eso que llamamos sublime; murieron en condiciones desastrosas y no dejaron las puertas abiertas a las siguientes generaciones artísticas. En palabras del famoso crítico Clement Greenberg, el mundo estaba presenciando la muerte del Arte. En efecto, parecía que el ARTE con mayúsculas, había agotado todas sus posibilidades. Era un hecho que la pintura y la escultura se habían desgastado por completo y que su muerte ponía un punto final a las posibilidades venideras. ¿Qué pasaría entonces?

Sin embargo, el mundo no se acaba y los artistas continúan. Basta que exista un artista observando para que la creación vuelva a surgir. Como siempre, tras toda época de locura, viene otra en la que impera la calma y la lucha por devolver la esencia y el sentido a las cosas. Así fue como surgió una nueva postura estética. Si el arte había acabado hasta con lo sublime, era el momento de iniciar una nueva manera de estudiarlo y realizarlo. Esta forma tendría que ver mucho más con las ideas y teorías generadas en círculos de conocimiento, en espacios universitarios en los que el arte, antes de ser un cúmulo de sentimientos, era una materia de estudio. Por consecuencia lo que veríamos exhibido sería el resultado de los procesos en los que el artista se interiorizaba para llegar a conclusiones más allá de la belleza o los cánones establecidos. El arte dejó de estar en los estudios llenos de emociones, alcohol y depresión y se volvió un sistema teórico y  materia de investigación. Si cualquier expresión tendría que ver con la reflexión, lo lógico es que el resultado fuera más allá de un cuadro con un paisaje o de una escultura que tratara de equilibrar el espacio y el tiempo y agradar a los rancios gustos de la Academia que solo mostraban una cara del arte. La otra cara sería la del artista invitando al espectador a ser parte de la obra, a completarla, a jugar mil juegos de inteligencias, a proponer o contradecir, a discutir y a enojarse. Todo, todo menos quedarse a indiferente o neutral ante lo que ocurriera. Exigir un esfuerzo y muchas veces ser cómplice de ciertas locuras, es la oportunidad que hoy se dan el artista y quien participa de la obra.

En los sitios de exhibición empezaron a aparecer diferentes medios, no solo el sonoro, video y acciones performáticas. Archivos, cuadros con cartas, instrucciones, grabaciones con voces que hablaban de un acontecimiento, o simplemente una serie de objetos sin conexión aparente entre sí que relataban diversos procesos. Al pensar más, se requerían más medios para expresar. El arte ya no solo tenía la responsabilidad de representar, ahora buscaba relacionar los acontecimientos con las distintas posibilidades de leer el mundo, de entender la historia, de cuestionar la realidad. Poco a poco los cerebros se fueron inclinados hacia las diversas disciplinas artísticas porque buscaban expresar los resultados del pensamiento de una forma material. Mentes expandiéndose, sagaces y agudas, se volcaron al mundo del arte. El artista, como se le concebía tradicionalmente, dejaba de ser el único protagonista de la creación artística; ciéntíficos, profesionales de otras disciplinas, académicos e intelectuales. Ahora hasta un cocinero o un ingeniero tiene la posibilidades de generar objetos que pueden estar en un museo.

Pero aún falta algo, había que poner un nombre a esta nueva generación. De una manera por demás inteligente, un grupo de artistas que ya estaban en este camino, decidieron capitalizar y exponer en síntesis lo que en adelante ocurriría. Entendiendo que las ideas eran muy superiores a las imágenes, acudieron a la más importante fuente del siglo XX en materia artística: Marcel Duchamp. Tomaron lo que él creía que debía de ser el proceso artístico y le pusieron nombre y apellido. Duchamp afirmaba que el arte no podía ser sólo retiniano, que necesitaba sostenerse en una estructura formal (más allá de un cuadro o una escultura), y pensó que la palabra “concepto” era ideal para hablar de este fenómeno. Sería importante aclarar que esto lo hizo en 1917, con la presentación del urinario que más que una obra de arte, pretendía ser una idea sobre el arte. Pasó mucho tiempo. Y ya entrados en la década de los sesenta, los artistas dejaron atrás las disciplinas tradicionales e hicieron de “el concepto” su principal referencia. Joseph Kosuth, Sol Lewitt, Donald Jud, Carl André, John Baldessari y muchos, muchos otros, empezaron a definirse como artistas conceptuales. En opinión del artista mexicano Mario García Torres, el 90 por ciento de las obras que se conciben hoy en día proceden del arte conceptual. Abraham Cruzvillegas asevera que todo el arte, desde el inicio de los tiempos, es conceptual. Digamos que como nomenclatura la palabra conceptual funcionó muy bien en su momento y sigue funcionando hoy en día. Desde su punto de partida el conceptualismo legitimó toda práctica, tuviera o no que ver con las disciplinas tradicionales. Las reflexiones, investigaciones y hazañas, experimentaciones, vivencias, historias, tuvieron su triunfal entrada ampliando los límites de la creación humana como nunca antes nos hubiéramos imaginado. El mismo Duchamp, después de causar escándalos al por mayor, se adelantó al tiempo y dejó una reflexión que tal vez sirva para resumir el enredo: “Todo puede ser arte pero no todo es arte”. Claro, pareciera que con esto vino a complicar aún más las cosas. Hoy el arte esta al servicio de las ideas de y de quien quiera echar mano de ellas y así pueden recorrerse los mil caminos que existen pero aún puede abrir uno o muchos más. Todos pertenecemos de una u otra manera al mundo del arte.  Como lo dijo Joseph Beuys, “todo hombre es un artista”.

La próxima vez que visitemos un museo, galería o cualquier exhibición, llevemos esta frase en la mente. Disfrutemos y atrevámonos a pensar y sentir, antes de lanzar un juicio implacable. Analicemos en vez de criticar o dar opiniones superficiales. Tratemos de colocar lo que nos desconcierta en el contexto que le corresponde. No descalifiquemos de inmediato e imaginemos qué puede pasar en la mente de alguien que es capaz de crear. No escuchemos remedos de “críticos” que sin un conocimiento real se atreven a solo denostar el arte contemporáneo, porque seguro es que no se han tomado la molestia de conocerlo y analizarlo de una forma profunda. Por bello, horroroso, imaginativo, loco, extraño que nos parezca, es un objeto que tal vez nos hable de eso que somos. Como diría el buen Warhol, “¿quieres ver lo que eres?, mira un lata Cambell´s” y parece que no se ha equivocado. En fin, tomemos esto como un juego y no brinquemos a conclusiones tan rápido. Pensemos que el arte puede ser la gran tomadura de pelo, de la otra gran tomadura de pelo que puede ser la vida misma.

Por Susan Crowley
Foto: Saúl López, Cuartoscuro

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