Breve historia del arte objeto (o sueños de grandeza de un basurero)

En Artículos por Susan Crowley

Hoy es imprescindible acostumbrarnos a los espacios que lo combinan de todo un poco y que conocemos como museos. Esa mezcolanza entre tienda de abarrotes, miscelánea, carnicería, juguetería, taller de autos usados, closet de la tía y morgue. El arte amplía cada vez más sus horizontes llevando las “ocurrencias” a límites jamás antes imaginados, ¿hasta donde llegará todo esto?

Ni modo, así la cosa. Por eso hay que entrarle a lo nuevo aún cuando nos extraña —y a veces hasta desquicia— que ciertas piezas, por la loca e inesperada pero bien sustentada “operación mental” de un artista,  migran del espacio común al sitio extraordinario reservado al arte. Ahí dejan de ser trebejos desechables para  transformarse en obras costosas. En objetos de nuestro oscuro e insaciable deseo.

Ojo, sólo basta cambiarles el nombre, demostrar su posible “dislocación”  (palabra muy adecuada en términos artísticos) y llevarlos a recorrer el mundo del arte. Desde la galería emergente hasta la más exitosa; de MACO a una exposición colectiva curada por el más trendy de todos los comisarios o una retrospectiva en el museo de arte de moda y por qué no, como tesoro de inapreciable valor en la colección privada del más nuevo coleccionista.

Así que hay que empezar por entender y manejar esta práctica “transfiguradora” y para esto qué mejor que usar los ejemplos concretos de los Ready mades u object trouvé. O, para decirlo rápido y en buen español, objetos encontrados.

Nadie, en serio nadie, ha dejado de preguntarse qué demonios hace una lata sopa Campbell’s entre las obras de arte de un museo. Esa pregunta siempre es precedida por un chin, ¿por qué rayos esto no se me ocurrió a mi?, nos responderemos indignados que se le tenía que ocurrir al payaso ese de la peluca platina y los lentes ridículos. El mismo de las serigrafías de Marilyn y las cajas de Brillo. Toda este tren de pensamiento termina con un ¡demonios! ¿Qué estaba haciendo yo consumiendo sopas y tirando las latas mientras él las pintaba?

O bien, cuando deambulamos por los pasillos de un museo y de pronto, como si nos hubiéramos transportado a una carnicería sin saberlo, nos topamos con una vaca descuartizada que parece hace apenas un par de horas aún mugía. La diferencia, pensaremos de inmediato, es que mientras la de la carnicería se vende en unos 180 pesos el corte, la otra, la descuartizada y en formol, vale varios milloncitos. Dolidos comentamos con sagacidad “¡Pensar que hay tanta gente muriéndose de hambre y este cretino de Damien Hirst cree que hizo algo fuera de este mundo!”.

Y qué dirían los grandes impulsores del arte clásico, es decir, los académicos del siglo XIX, si hoy entraran a un espacio museístico para descubrir un globo gigante en forma de perro que apenas ayer pertenecía a la esquina del parque hundido, ahí donde hacía felices a los escuincles. Demeritaremos a ese dizque artista alegando que él no hace nada y lo sabemos porque lo dice El tiburón de los 12 millones de dólares, de Thompson (libro que solamente consultamos el lomo, obvio). Y parafrasearemos con temible exactitud, dueños de conocimiento absoluto, “todo el mundo sabe que Koons tiene un ejercito de esclavos, él no hace nada, se pasa la vida buscando el próximo Made in heaven con la actriz porno que se deje ”.

Sólo podemos aceptar estas aberraciones si también somos capaces de digerir el hecho de  que cuando vamos a un museo en busca de la revelación estética, nos golpea de frente la realidad de la imposibilidad posible: un montón de latas de pintura regada, zapatos viejos, un sillón desfondado y una escultura en forma de oso panda y una rata de peluche viejos, y todo para  que nos digan que sus autores, unos cuyo nombre corto suena a trabalenguas, Fischli y Waiss, son de los artistas más influyentes de los últimos 40 años. Nada que hacer.

Pero lo mejor de todo es cuando encontramos todas las prendas, sombreros y abrigos que otrora lucía en cada misa dominical la tía Florita. Los mismos que vestía con gran dignidad y retaque de polilla, y que en Gabinete veremos desfilar como piezas de un museo. Él se llamaba Cristóbal Balenciaga y no lo duden, ayer todo el mundo quería un ajuar suyo y hoy es una obra de arte digna de museo.

En fin, todavía hay mucho que ofrecer en estos espacios que se obsesionan con renovarse cada día. Vale la pena recordar que sólo se puede invadir un vaso comunicante —antes dedicado a las más grandes obras de arte y a los tesoros del mundo si comprendemos una cosa, el arte ya no es como lo pintan. Es más, el arte muchas veces ya ni siquiera se pinta y hoy nos la juega “chueco” todos los días.