Artistas del terror (vol. 2)

En Artículos por Susan Crowley

Un gay que agrede a una chica hasta llevarla a la depresión y arruinar su vida. Historia poco común, pero existente. Mucho se acusa a Warhol de haber provocado el estado depresivo de Edie Sedgewick —modelo y socialité neoyorquina— sin embargo esto es absolutamente falso. Pero para quienes gustan de tirarle sin tregua al artista pop, en su vida hay un capítulo mucho más grave: el atentado que cometió en su contra Valerie Solanas. Furiosa porque Warhol ignoró un guion escrito por ella y en el cual pretendía que actuara, le disparó tres veces saliendo de su estudio. Uno ni lo rozó, pero los otros dos fueron cosa seria. Padeció las consecuencias de ese atentado el resto de su vida, eso explica (en parte) su excentricidad y el que siempre se le viera un tanto retraído y paranoico. Con el gran cinismo que lo caracterizó declaró, “antes de que me disparasen, siempre pensé que estaba un poco más para allá que para acá. Siempre sospeché que estaba viendo la tele en vez de vivir la vida”.

Por otro lado, los suicidios en el mundo del arte son algo mucho más común de lo debido, van algunos de los más trágicos. Mark Rothko siempre lo supo, era un genio y nunca esperó que nadie lo reconociera, sabía que tenía la misión de elevar a los seres humanos al Olimpo de la creación a través de sus obras. Cuando le ofrecieron colocar sus murales en el edificio Seagrams se sintió muy halagado, pero al descubrir que el sitio en el que serían colocados era un restaurante donde la gente comería y bebería, se enfureció y rechazó la oferta de compra más cara de la historia. Logró salvar los cuadros que ahora pueden ser admirados en la Tate Britain. Poco después pintó los bellísimos cuadros de su capilla en Houston como si fueran un testamento y en medio de una depresión espantosa, preparó su suicidio. Para no fallar, Mark Rothko se encerró en su estudio, tomó un bote de barbitúricos, bebió una botella de whisky y se cortó las venas. Quiso ser infalible y lo logró.

Jackson Pollock tampoco tuvo una muerte tranquila, destrozado por la crítica desoladora que acababa de recibir por parte de la galerista que lo representaba acerca de su última serie de cuadros, subió a su auto, bebió una botella de Jack Daniels y se estrelló camino a casa. Nadie podía creer que con tan solo 44 años de edad y considerado por la crítica neoyorkina el artista más grande del momento, hubiera decidido tirar todo por la borda.

Pero si de morir jóvenes —y trágicamente— se trata, van los dos últimos, suicidas también. Van Gogh sufría brotes de una enfermedad mental que lo había hecho cortarse el lóbulo de la oreja —eso dicen— pero parece que sus brotes tenían que ver con las aproximaciones a la belleza, a la totalidad del arte y a la falta de resonancia que encontraba con los demás seres humanos, salvo su hermano Theo que lo trató de proteger desesperadamente hasta de sí mismo. Vincent tuvo un intento fallido de suicidio que terminó con varios pasajes en el psiquiátrico. Un buen día convencido de que la humanidad jamás valoraría lo que él deseaba comunicar, tomó su pistola, salió a dar un paseo y se disparó. Varias horas después regresó a su casa y dos días más tarde, murió. Apenas había cumplido 37 años y como todos sabemos, jamás vendió un cuadro en vida.

Cerremos con un joven impetuoso, el más loco personaje del arte expresionista. Un primitivista radical, el paria por excelencia, la víctima del rápido ascenso en los mercados del arte que inflaron los precios de sus obras hasta volverlo loco. No había terminado una obra cuando le era arrancada de las manos. Mientras, él se conformaba con fumar cocaína liquida y empezaba a precipitar los vacíos a su alrededor. Basquiat quizo vivir pero no así. Mientras las puertas de la fama y el éxito se abrían sin parar ante él, las del alma y el espíritu se cerraban con un estruendo contundente. El 12 de agosto de 1988, Basquiat murió de una sobredosis de heroína. Lo encontraron inclinado frente a un ventilador como si trata de respirar un poco de aire. Tenía 28 años. Sus obras hoy han llegado a precios absurdos en el mercado, por ejemplo “Dustheads” (1982) alcanzó la suma de 25 millones de dólares.

Son artistas. Son genios, pero son también seres humanos cuestionables en su manera de vivir y relacionarse. Pero hay que estar seguros, ninguno de ellos cambiaría un milímetro de su ansia creadora por una vida confortable y sin cuestionamientos, aunque en eso se les vaya la vida.