¿Artistas del terror?

En Artículos por Susan Crowley

Cada vez que escuchamos que la obra de un artista alcanza precios absurdos, lo primero que viene a nuestra mente es una mezcla de admiración y envidia, ¡quién fuera ellos!. No podemos dejar de pensar que sus vidas son glamour y exceso. Exhibiciones en las que son tratados como rock stars, mujeres y hombres que los asedian; autos de lujo, viajes, subastas millonarias; la devoción de todos sus seguidores. En fin, la imagen que tenemos de los exitosos artistas de hoy, contrasta con lo que sentimos cuando nos adentramos a sus vidas en las que como consecuencia de su enorme talento y pasión, descubrimos escenas por demás dramáticas, casi de terror. Por eso ahora toca hablar de los creadores que vivieron esos mundos para nosotros desconocidos, a veces oscuros, muchos otros terribles y llenos de dolor.

Picasso, el genio del cubismo. El pintor obsesivo más famoso del mundo. Su vida personal fue un infierno, por lo menos para sus mujeres; basta ver la cantidad de malas películas que se han producido con el tema. ¿Es necesario hacer añicos a un ser humano para luego pintarlo como salvaje y monstruoso? Si no, hay que ver La mujer que llora (1937), retrato de Dora Maar, quien sin duda y dicho por los biógrafos de Picasso vivió los capítulos más dolorosos de amor y desamor al lado del artista. Fue amada por él, pero poco tiempo después abandonada. Hasta el final de su vida Dora maldijo el día en que conoció a Pablo.

Y qué decir del comportamiento del gran Auguste Rodin con Camille Claudel, pareja que inspiró Camille, una película bellísima con Isabelle Adjani y Gérard Depardieu. En ella podemos ver el daño y el abuso del que fue víctima la gran artista en manos de su maestro. Terminó en un manicomio, hablando con odio sobre la pasión que la desbordó siempre. Los que vivían alrededor de esta pareja, sabían la clase de victimario que era y cómo se ensañó con su víctima Camille, pero cómo denunciar a Rodin cuando literalmente era el Dios del arte.

Y ya entrados en historias de terror, ¿qué tal la del minimalista Carl André? Discutiendo con su mujer, la gran artista Ana Mendieta, ella cae del balcón, 34 pisos, justo cuando la discusión subía de tono —rasgo muy frecuente en la vida de esta pareja. ¿La mató? ¿se resbaló?. Lo que importa es que a pesar de que exoneraron a André, el mundo cultural neoyorkino sigue dividido; mientras las feministas lo llaman asesino, el mainstream del arte vive para adorarlo.

Sin duda uno de los más importantes artistas de la historia es Francis Bacon. Sus figuras abandonadas en medio de un cuadro, sus contorsiones que retan el poder de la carne, su cuestionamiento al  vacío en cada lienzo nos fascinan a tal grado que incluso olvidamos que en muchos casos su modelo es George Dyer,  amante y víctima de Bacon y quien se suicidó la misma noche que él inauguraba su retrospectiva en el Grand Palais. Se dice que en el momento en el que Bacon recibió la noticia, mantuvo la conversación con sus invitados. Esto se cuenta muy bien en la película El amor es el diablo, obra maestra del cine inglés.

Un gay que agrede a una chica hasta llevarla a la depresión y arruinar su vida. Historia poco común, pero real. Mucho se acusa a Warhol de haber provocado el estado depresivo de Edie Sedgewick —modelo y socialité neoyorquina— sin embargo esto es absolutamente falso. Pero para quienes gustan de criticar sin tregua al artista pop, en su vida hay un capítulo mucho más grave: el atentado que cometió en su contra Valerie Solanas. Furiosa porque Warhol ignoró un guión escrito por ella y en el cual pretendía que actuara, le disparó tres veces saliendo de su estudio. Uno ni lo rozó, pero los otros dos fueron cosa seria. Padeció las consecuencias de ese atentado el resto de su vida, eso explica (en parte) su excentricidad y el que siempre se le viera un tanto retraído y paranoico. Con el gran cinismo que lo caracterizó, declaró: “antes de que me disparasen, siempre pensé que estaba un poco más para allá que para acá. Siempre sospeché que estaba viendo la tele en vez de vivir la vida”.

Por otro lado, los suicidios en el mundo del arte son algo mucho más común de lo debido; van algunos de los más trágicos. Mark Rothko siempre lo supo, era un genio y nunca esperó que nadie lo reconociera, sabía que tenía la misión de elevar a los seres humanos al Olimpo de la creación a través de sus obras. Cuando le ofrecieron colocar sus murales en el edificio Seagrams se sintió muy halagado, pero al descubrir que el sitio en el que serían exhibidos era un restaurante donde la gente comería y bebería, se enfureció y rechazó la oferta de compra más cara de la historia. Logró salvar los cuadros que ahora pueden ser admirados en la Tate Britain. Poco después pintó los bellísimos murales de su capilla en Houston como si fueran un testamento y en medio de una depresión espantosa, preparó su suicidio. Para no fallar, Mark Rothko se encerró en su estudio, tomó un bote de barbitúricos, bebió una botella de whisky y se cortó las venas. Quiso ser infalible y lo logró.

Jackson Pollock tampoco tuvo una muerte tranquila. Destrozado por la crítica desoladora que acababa de recibir por parte de la galerista que lo representaba acerca de su última serie de cuadros, subió a su auto, bebió una botella de Jack Daniels y se estrelló camino a casa. Nadie podía creer que con tan solo 44 años de edad y considerado por la crítica neoyorkina el artista más grande del momento, hubiera decidido tirar todo por la borda.

Pero si de morir jóvenes —y trágicamente— se trata, van los dos últimos, suicidas también. Van Gogh no solo fue el más grande artista de su época, también sufría brotes de una enfermedad mental que lo había hecho cortarse el lóbulo de la oreja. Parece que sus ataques tenían que ver con las aproximaciones a la belleza, a la totalidad del arte y a la falta de resonancia que encontraba con los demás seres humanos, salvo su hermano Theo que lo trató de proteger desesperadamente hasta de sí mismo. Vincent tuvo un intento fallido de suicidio que terminó con varios pasajes en el psiquiátrico. Un buen día, convencido de que la humanidad jamás valoraría lo que él deseaba comunicar, tomó su pistola, salió a dar un paseo y se disparó. Varias horas después regresó a su casa y dos días más tarde, murió. O, como lo cuenta la película Cartas a Van Gogh, pudo haber sido asesinado al juntarse con una banda de facinerosos. Como haya sido, tendencias autodestructivas jugaron en su contra. Apenas había cumplido 37 años y como todos sabemos, jamás vendió un cuadro en vida.

Cerremos con un joven impetuoso, el más loco personaje del arte expresionista. Un primitivista radical, el paria por excelencia, la víctima del rápido ascenso en los mercados del arte que inflaron los precios de sus obras hasta hacerlo perder la razón. No había terminado una obra cuando le era arrancada de las manos. Mientras, él se conformaba con fumar cocaína liquida y empezaba a precipitar los vacíos a su alrededor. Jean Michel Basquiat quiso vivir pero no así. Mientras las puertas de la fama y el éxito se abrían sin parar ante él, las del alma y el espíritu se cerraban con un estruendo contundente. El 12 de agosto de 1988, Basquiat murió de una sobredosis de heroína. Lo encontraron inclinado frente a un ventilador como si tratara de respirar una última bocanada de aire. Tenía 28 años. Sus obras hoy han llegado a precios absurdos en el mercado, por ejemplo “Dustheads” (1982) alcanzó la suma de 25 millones de dólares.

Son artistas. Son genios, pero son también seres humanos frágiles en su manera de vivir y relacionarse. Aunque podemos estar seguros, ninguno de ellos cambiaría un milímetro de su ansia creadora por una existencia confortable y sin cuestionamientos, aunque en eso se les vaya la vida.

Por Susan Crowley

Fuente: SinEmbargo