Amor es, nunca tener que pedir perdón o perdonar el 68

En Artículos por Susan Crowley

Me voy a permitir citar dos películas; la primera, romántica y hoy anacrónica, Love Story. “Amor es nunca tener que pedir perdón” dice la protagonista antes de morir. El mayo francés de 1968 se vivió meses después en México, fue el 2 de octubre y se recuerda como la más cruda represión de la historia contemporánea, la pérdida de los sueños y la libertad de muchos jóvenes universitarios. ¿Habría que pedir perdón a las nuevas generaciones que hoy no encuentran salida?,¿cómo explicarles que esta pérdida no se debe a su irresponsabilidad sino, en gran medida, a los malos gobiernos que se han olvidado de ellos?, después de tanta rabia, frustración y desesperanza, ¿el amor lo puede todo?. ¿Tendremos la humildad para reconocer esta asignatura pendiente?. Y más importante aún, ¿tendremos la capacidad para subsanarla y darle a los jóvenes las oportunidades que les negamos durante tanto tiempo?

La segunda película que quiero citar es Zabrisky Point, de Michelangelo Antonioni. Se estrenó en 1970 y fue un escandaloso fracaso. Tomado de una nota de los diarios en el que se contaba cómo un joven estudiante norteamericano con tendencias anarquistas, roba una avioneta acompañado de su novia y poco después es asesinado por la policía. Antonioni encomendó al entonces joven y brillante dramaturgo Sam Shepard que elaborara el guión. Con el paso de los años, esta película ha ganado prestigio hasta convertirse en una obra de culto. Su importancia se debe a que esta pequeña y fatal historia de amor tiene como marco los acontecimientos de mayo de 1968 en Estados Unidos.

Recordemos cómo aquel conflicto estudiantil fue la primera gran posibilidad de unirse en contra de los convencionalismos. En aquellas épocas, tener más de 30 años y profesar cualquier idea conservadora provocaba un blanco perfecto para los ataques; los jóvenes se unían en una voz que buscaba la diferencia. El mundo dio un vuelco a la nueva ola con la filosofía de Guy Debord y su Sociedad del Espectáculo, una crítica mordaz al sistema establecido que permite un nuevo sentido en el arte. Los universitarios impetuosos y llenos de ideas, de irreverencia y de sueños, llenaron las calles del Barrio Latino en París y muchas otras ciudades con un solo grito que evocaba la misma emoción: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, exigían respaldados por la frase del padre de la nueva izquierda, Herbert Marcuse. Esta voz serviría de epígrafe para la inclusión. No al miedo, no al pasado, sí al riesgo de tomar el mundo en sus manos; libertad sexual, de pensamiento, de cátedra en las universidades. Las enseñanzas de Joseph Beuys y su reclamo a las excrecencias del capitalismo post industrial y la guerra fría empezaban a convertirse en la narrativa de las nuevas generaciones. Una nueva forma de expresar el arte, congruente con el pensamiento, se gestaba al ritmo de Joan Báez con The answer is blowing in the wind de Bob Dylan.

Los Situacionistas (movimiento cuyo precursor fue Debord), dio un impulso natural a los artistas Ager Jorg y Constant Nieuwenhuys quienes formaron el grupo COBRA, un colectivo que rebasaba el espíritu académico para proponer una mirada del arte libre, expresiva y con un lenguaje que rompiera con las formas tradicionales. Al lado de Jean Dubbufet y su conocido Art Brut, manifestaban que el arte estaba más allá de los salones y las universidades, que era incluyente aun para los enfermos mentales y las minorías. Nunca el arte había llegado tan lejos. El artista dejaba de ser individualista y se convertía en héroe de la realidad social y se sumergía en ella para recomponer el desastre creado por las generaciones pasadas.

La exigencia revolucionaria influyó a muchos artistas en Europa, el Arte Povera es una clara consecuencia; Mario Merz, Jannis Kunellis, Giovani Anselmo, Gilberto Zorio, Luciano Fabro, Alligero Boetti, Michelangelo Pistolleto, desmantelaron los viejos conceptos y, al lado del pensador Germano Celant, exhibieron por primera vez objetos pobres como obras de arte. Podemos imaginar el shock cultural que significó, en la conservadora Turín, que un grupo de artistas desconocidos acarrearan materiales extraídos de la naturaleza (plantas, sacos de lona, grasas, cuerdas, tierra, troncos). La respuesta fue implacable, la exposición apenas duró unas horas antes de ser cancelada. Pero este grupo había sentado un precedente, la transformación había iniciado y jamás se detendría.

En Francia, como consecuencia de los movimientos del 68, surge el grupo BMPT que respondía al acrónimo de sus nombres, Daniel Buren, Oliver Mosset, Michel Parmentier y Niele Toroni. “Pintar es conferir un valor estético a las flores, a las mujeres, al erotismo, al entorno cotidiano y a la guerra. Nosotros no somos pintores”. El movimiento exigía una pintura reducida a sus componente matéricos que no involucrara los sentimientos ni las anquilosadas fórmulas del arte del pasado. Así de críticos e irreverentes, los BMPT buscaban que el espectador viviera una experiencia al límite de lo posible imaginado. En su primera exposición simplemente expusieron nada. Duchamp dijo de ellos, “Como happening frustrante no puede ser mejor”.

En México como consecuencia de la represión estudiantil, proliferaron los grupos clandestinos y de denuncia, activistas y creadores se unieron compartiendo sus temores y a la vez sus sueños de libertad. Jóvenes artistas como Felipe Ehrenberg, Helen Escobedo, Manuel Felguérez y Vicente Rojo, y poco después, Ulises Carrión y Carlos Aguirre entre otros, buscaban salidas a la expresión participando con diversos grupos efímeros pero determinantes para la historia del arte de nuestro país. Salón independiente, Suma, Proceso Pentágono, TAI y Tetraedro, Colectivo, Germinal, Fotógrafos Independientes, Peyote, Março, el No Grupo por solo mencionar algunos, representaron salidas dignas y necesarias a la creatividad.

Poco a poco el mundo del arte tomaba un nuevo rostro; abría las puertas a un sistema de pensamiento que tenía por voz la recuperación de valores primigenios y que demandaba un sitio dentro de la sociedad. El movimiento de 1968 desencadenó una de las más duras persecuciones contra los jóvenes del mundo; los obligó a refugiarse y a salir del sistema, así fue como apelaron a otras modalidades para nutrir la nueva identidad. La crisis fue superior a lo que nadie hubiera imaginado. El cierre de los centros de creación, talleres y facultades de artes visuales fue la respuesta de las viejas autoridades para reprimir el inminente cambio. Parecía que el arte había muerto, pero no con esto dejaría de existir el artista que abrazaría lenguajes inéditos a partir de las teorías conceptualistas recién acuñadas en Estados Unidos. Los jóvenes ponían el marco de referencia artística que permitiría contar y dar sentido a los acontecimientos.

La Europa de los jóvenes triunfó. Fue imposible detener el proceso de renovación. Primero dimitió el presidente De Gaulle y su conservadurismo que acallar a los hasta entonces ignorados jóvenes. La nueva generación conquistó un lugar que jamás le sería arrebatado. Poco a poco se sumaron los movimientos feministas. Desde Estados Unidos las voces de universitarios se escucharon a través del conceptualismo. El performance se volvió una práctica mucho más apta para la expresión; John Cage introdujo el azar y los ruidos del ambiente cotidiano en la música; sonido y silencio equilibrados en una especie de práctica zen occidentalizada. En un sitio exclusivo para las grandes artes, quedaban la pintura y escultura, pero el mundo del arte se ampliaría a todas las disciplinas y tomaría los referentes de política, filosofía, historia, ciencia, religión, ecología, tecnología, género, etc.; todo entraría para manifestarse de múltiples maneras. El artista es subversivo por naturaleza; le corresponde tomar la materia y manipularla, transgredirla y llevarla a conformar una imagen que posteriormente ha de ser entendida por los demás. Es responsable al mismo tiempo de la manera en que la realidad se verá transfigurada; así contará nuevas historias.

En México las consecuencias del 2 de octubre fueron nefastas en el mundo del arte. La represión sumió los sueños y la locura desenfrenada de los estudiantes en un miedo cuyas consecuencias hoy se ven con más claridad. Los jóvenes ocultaron su deseo de manifestarse y la exigencia se fue apagando, cada vez fue más aislada y manipulada por los sistemas institucionales. Para el Estado fue más fácil cooptar y censurar, como advertencia, que reprimir con la fuerza, pero las dos salidas eran equivocadas.

A lo largo de los siguientes 50 años el panorama es de claroscuros, pero bien a bien, los jóvenes no han tenido la oportunidad que se merecen. Hace muy poco tiempo vivimos la trágica desaparición de 43 estudiantes en Ayotzinapa; no hemos podido reponernos porque a diario recibimos un nuevo golpe de muerte y de pérdida. El fallecimiento de un joven en condiciones violentas representa la ineficacia y la estupidez del adulto. Un fracaso para toda la sociedad. La historia nos muestra cómo el artista no se detiene y ante la fuerza que lo quiere callar, forma nuevos sistemas de pensamiento con los que renueva las ideas anticuadas. Ser joven no es tener pocos años, es pensar de otra manera.

¿Amor es nunca tener que pedir perdón?, ¿amamos a los jóvenes y a su irreverencia, a sus exigencias y a su aparente insolencia?, ¿habrá que pedirles perdón a todas esas generaciones que han vistos sus sueños interrumpidos por el miedo, la violencia y la falta de oportunidades? Las instituciones que regulan y promueven en México el quehacer artístico deben comprometerse con el artista y con la sociedad, liberar las cadenas y atavismos que dejó el 68, permitir a los jóvenes creadores soñar, pensar, construir y creer en sus ideales; ser contestatarios y rebeldes, para eso son jóvenes, es lo que les corresponde. El arte tiene la posibilidad de redimir al mundo. Merecemos otra oportunidad: seamos realistas, pidamos lo imposible.

Por Susan Crowley

Fuente: Sin Embargo

Foto: Cuartoscuro